Opinión

El riesgo de no escuchar la voz del pueblo

10 de noviembre de 2019, 3:00 AM
10 de noviembre de 2019, 3:00 AM


En 2003, el pedido de que Bolivia no exporte gas por Chile fue desoído por Sánchez de Lozada, los bloqueos se convirtieron en un enfrentamiento que después se llamaron la ‘Guerra del Gas’, que terminó convirtiéndose en el clamor de que ese presidente se vaya del Gobierno. Él se aferró al poder con uñas y dientes. Ante la falta de respaldo popular, se apoyó en las Fuerzas Armadas y hubo más de 60 muertos. Sánchez de Lozada tuvo que renunciar y abandonar el país para nunca más volver.

Ahora, 16 años después, Evo Morales desoyó la voz del pueblo el 21 de febrero de 2016, cuando la mayoría de los bolivianos le dijo que no podía volver a ser candidato. Entró a la fuerza a la papeleta, haciendo uso de una fuerza política que ya no era legítima. El día de las elecciones cantó victoria en primera vuelta, aún sin resultados oficiales, y lo siguió haciendo día tras día, pese a las serias observaciones de la misión de la OEA.

Mientras tanto, en los nueve departamentos crecían las voces que denunciaban fraude y pedían segunda vuelta, pero ni el presidente ni el Órgano Electoral oían. Se sumaron las denuncias de fraude, informáticos daban a conocer cómo lo habían detectado, el gerente de la empresa responsable del software electoral también sembró la duda desde Alemania; sin embargo, los vocales cerraban el cómputo y decían que Morales había ganado en primera ronda. El clamor mutó de segunda vuelta a nuevas elecciones.

El paro nacional se fortalecía, pero lejos de leer la realidad, el presidente desafió la protesta anunciando un cerco a las ciudades, lo que desembocó en enfrentamientos y dos muertes en Montero. Entonces, ya la demanda fue que renuncie.

No escuchar al pueblo fue un círculo que se fue cerrando alrededor del mandatario. Ahora tiene en contra a la Policía y las Fuerzas Armadas tampoco están dispuestas a salir para enfrentarse con el pueblo. Evo Morales llama, una y otra vez a sus bases para que lo defiendan en las calles. Los políticos, de los que una vez dijo que fueron funcionales a su elección, tampoco van a tenderle la mano para una posible solución pactada.

El presidente ya ni siquiera está en la sede de Gobierno. Se refugió en una base aérea de El Alto y no se sabe dónde está. La plaza Murillo está tomada por ciudadanos opositores y en el Palacio no hay nadie. La confrontación es el escenario planteado en este momento, entre los que defienden la presidencia para Evo y quienes piden nueva elección y la renuncia del mandatario.

Morales denuncia golpe de Estado ante el mundo; la Unión Europea aboga por negociaciones pacíficas y plantea “un proceso electoral creíble que garantice el respeto a la voluntad popular e instituciones democráticas fuertes”. Ya el mundo sabe que los comicios del 20 de octubre no merecen la fe del Estado, por lo que esa voz puede interpretarse como un respaldo a nuevas elecciones.

El presidente se siente víctima de un golpe de Estado, pero debe darse cuenta de que hay millones de ciudadanos en las calles y no es por uno o por dos dirigentes que los convocan, sino por el cansancio acumulado de acciones unilaterales y soberbias del Gobierno del MAS. Será bueno que Evo Morales se atreva a escuchar al pueblo, aunque el pueblo no esté de acuerdo con sus deseos de quedarse en el poder.



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