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El gran dilema de todos los países es cómo hacer que su producción de bienes y servicios crezca, para que con ello aumente su ingreso nacional. Aunque crecimiento y desarrollo no es lo mismo, pues se puede crecer sin que avance el desarrollo, no podría haber esto último, sin que primero se dé, lo primero. La diferencia sustantiva entre lo uno y otro -en facilito- tiene que ver no solo con que aumente el volumen de los bienes y servicios que generan los empresarios y trabajadores, sino con la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, y que las condiciones de acceso a la alimentación, salud, educación, empleo, descanso y ocio, sean superiores. La discusión de nunca acabar es: ¿Cómo hacer que la economía crezca y que haya desarrollo?

Surgen entonces diversas teorías -entre dos extremos- los que creen que el Estado debe garantizar que el desarrollo se dé con la planificación, la regulación y su intervención sobre el mercado, forzando la redistribución del ingreso para favorecer a los que menos tienen, algo que degenera en un paternalismo de Estado insostenible ya que las demandas sociales van en aumento, mientras los ingresos caen por la falta de estímulos para quienes estuvieron produciéndolos; entonces el Estado decide “hacerlo todo” y el remedio acaba siendo peor que la enfermedad. Redistribuir la riqueza a lo Robin Hood es fácil, pero no aconsejable; ayudar a producir riqueza para compartirla luego, generando oportunidades, es lo ideal.

De otro lado están quienes sostienen que es el mercado quien debe resolver tal cuestión, que el libre juego de la oferta y la demanda llevará a la mejor asignación de los recursos escasos, y será la creación de riqueza por los productores de bienes y servicios la que lleve a una mejora general, a través de una suerte de “mano invisible” que impactará en la calidad de vida de los trabajadores con el acceso a buenos empleos y subida de salarios por la competencia, aunque ya se sabe que sin límites al abuso de posición de dominio en el mercado, se producen tanto monopolios y oligopolios, como monopsonios y oligopsonios, distorsionando la formación de precios.

Frente a tales extremos, leí hace unos años que el ex Director Gerente del FMI, Michel Camdessus, retirado ya de tal función, acuñó esta célebre frase: a la “mano invisible” de Adam Smith había que añadir otras dos manos: la mano de la justicia del Estado y la mano fraterna de la solidaridad. ¡Hermoso!

¿Cómo traducir esto en cuanto al hombre, el Estado y el mercado? Sencillo y complicado a la vez, pues exigiría integridad y altruismo de gobernantes y gobernados: la “mano invisible” del Estado haría que cada quien, buscando su propio beneficio, tenga la libertad de “hacer” para que en la sumatoria de las realizaciones, se llegue al bien común. La “mano de la justicia” del Estado exigiría gobernantes probos que hagan lo bueno, lo justo y lo recto, por el bien mayor. Y, la “mano fraterna” de la solidaridad, debería llevar a quienes puedan más y logren más, a compartir -de motu propio- parte de lo ganado, obrando con responsabilidad social. Si tuviera Ud. que elegir solo entre la “mano invisible del mercado” y la “mano visible del Estado”…¿por cuál de las dos se inclinaría?

 



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