18 de abril de 2023, 4:00 AM
18 de abril de 2023, 4:00 AM


Tendría que bastar escuchar que el turismo podría generar un ingreso de 3.500 millones de dólares en favor de la población distribuida en el territorio nacional, para que todos, gobiernos, actores directos y población en general, tratemos de hacer las cosas de una manera distinta. O lo menos, despierte la curiosidad para preguntar por qué se dice eso.

El turismo, en el mundo moderno y después de la pandemia, es un instrumento eficaz para alcanzar colectivamente procesos de cohesión social, desarrollo sostenible y generación de excedente, económico y simbólico. El turismo parte de las ventajas comparativas (las que tenemos naturalmente en el territorio) para avanzar y lograr ventajas competitivas (que serán el producto de nuestro trabajo); la combinación de ambas traerá como consecuencia pactos, acuerdos y la aprobación de políticas públicas. Estas condiciones que son similares en cualquier proceso productivo, adquieren mayor visibilización por la cantidad de actores que intervienen en el turismo, y por la necesidad de que actúen en consecuencia. Un taxista que no ofrezca una información útil e inmediata sobre una consulta de servicio que reciba, estará rompiendo la cadena del destino.

Si bien el turista es una persona informada sobre su destino (casi todo está en internet) y normalmente los paquetes incorporan ofertas que cubre hasta las propinas, no es menos cierto que los intereses están cambiando y se abren posibilidades para un turismo vivencial, de naturaleza, de aventura, de relaciones personales, de trato cortés y proactivo. Bolivia puede ofrecer un destino de servicios y atractivos relacionados con la gente y para la gente, que complementaría aquel que recibe del rebalse de Perú, orientado al salar de Uyuni, el lago Titicaca, la apuesta por el Altiplano y Tiahuanaco. La otra parte del territorio boliviano tiene el tipo de atractivos cultural, social y de naturaleza, sobre los que el mundo expresa interés, y que ya está siendo aprovechado por sociedades inteligentes. Colombia, al unir la producción de café al turismo, tiene una oferta en la que el turista paga al dueño del cafetal para recoger el café de la finca, dormir en ella y comer lo que se sirve la familia del caficultor. Los ejemplos son muchos y provocadores.

Hasta aquí, la teoría.

La realidad objetiva boliviana, es que el Estado, en su componente de Gobierno y sociedad, ha decidido tener una relación ríspida, hostil y absolutamente beligerante con el turismo como categoría económica, con las empresas y emprendedores turísticos, y con el sujeto que se atreve a llegar al territorio. No estoy diciendo nada que no sepamos. Insistiré solamente en dos situaciones que son absolutamente destructivas.

El salar de Uyuni es nuestro elemento de competitividad mundial de ventajas comparativas más nítido. Tiene todas las cualidades que señalan los breviarios para valorar un atractivo y un destino, y, sin embargo, el incendio de los domos turísticos por conflictos superables hace un par de años, y el reciente bloqueo que terminó en “acuerdos voluntarios entre partes”, como lo expresó bochornosamente la autoridad pública del sector, no hacen sino demostrar el absurdo con el que el poder maneja la actividad. A ese caso, podemos sumarle la decisión gubernamental de imponer visas y trabas a los israelitas que ingresaban a Rurrenabaque, hasta destruir el destino. Y la lista continúa.

La segunda es la inveterada e inclaudicable práctica del bloqueo, y que, sin calificar las causas, anulan la planificación de arribos y retornos, y le incorporan un altísimo margen de inseguridad, incertidumbre y violencia; obviamente estas situaciones son incompatibles con el turismo, que por el contrario es un instrumento de relacionamiento humano, respeto al culturalmente diferente y cuidado manifiesto y expreso del otro.

Hace unos días, por las redes sociales compartí esta inquietud nombrando al presidente Luis Arce. Reitero la pregunta que formulé, ¿con quién se puede dialogar para no seguir perjudicando, tanto y tan mal? Trabajando en el territorio, viendo las potencialidades, la voluntad de la gente, y reconociendo dos realidades, la del discurso confrontacional y de quienes trabajan en campo, la pregunta pendiente es: ¿quedará alentar el turismo donde se pueda y ya esté avanzando en rutas como Chiquitos, Pantanal, Chaco, Amazonia, vino y singani, y de manera creciente, el café?

Sabemos que mientras no se logre cambiar este escenario, la calificación internacional afectará al destino Bolivia por su alto riesgo. Reconociendo también que no es humano condenar la iniciativa turística a la inacción y al fracaso, cuando las comunidades, los territorios, los municipios y los empresarios, esperan, y al haberse realizado la inversión humana y económica, ¿tendrán que realizar quienes integran el sector turístico un paro, un bloqueo y una huelga de hambre, para ser escuchados? Sabiendo que la respuesta es un No rotundo, la pregunta se convierte en una paradoja que no se tiene, todavía, con quien resolver.

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