18 de junio de 2020, 3:00 AM
18 de junio de 2020, 3:00 AM

Hoy se cumplen los 100 días más oscuros para la salud del pueblo boliviano. El 10 de marzo llegó el coronavirus al país y desde entonces comenzó a meterse por todas partes, dejando una estela de luto y mucho dolor, desnudando la pobreza que habían escondido los discursos y la precariedad de un sistema de salud que estaba abandonado.

La propagación comenzó lenta y en el último mes se ha convertido en un turbión. Los casos se multiplican. Para muestra, solo en 15 días de junio se reporta la muerte de 319 personas, superando la cifra de decesos que hubo en los tres meses anteriores. Los casos rozan los 20.000 en el país y es previsible que esa cifra esconda una mucho mayor porque hay pacientes que no son reportados, hay otros que no tienen síntomas y se quedan en casa sin saber que son portadores del virus y que pueden transmitirlo a su entorno.

Al comenzar la pesadilla, el Gobierno definió suspensión de clases, cuarentena rígida y otras medidas drásticas para garantizar el aislamiento físico y evitar una mayor propagación; pero esas medidas terminaron siendo rebasadas. Ahora, hay más de 600 personas fallecidas y el índice de contagio sigue creciendo de manera acelerada e incontrolable.

La pandemia colapsó los hospitales. Suman las historias individuales de pacientes que -con Covid-19 o con otra enfermedad- no consiguen ser atendidos en ningún hospital o clínica; que hay lugares en los que ya se tuvo que decidir a quién poner el respirador. El cuadro que se pinta en estos relatos es dramático y desesperante. Quien se somete a una prueba PCR no sabe cuándo tendrá los resultados y mientras tanto busca cómo atender lo que en principio es sospecha y después puede convertirse en una complicación irreversible.

A la pesadilla sanitaria se suma la crisis económica brutal que ya se siente en los bolsillos de las familias. Muchas personas pobres han pasado a la pobreza extrema. Son más los que salen a pedir colaboración para tener qué comer en los barrios de las ciudades, sin contar los que permanecen en las rotondas a la espera de una moneda. Las empresas están asfixiadas por la caída de la producción y del consumo.

Mientras todo lo anterior no deja dormir a los bolivianos, los partidos políticos están enfrascados en una guerra sin cuartel por la Presidencia; la campaña electoral saca lo peor de los aspirantes al poder. También exhibe la falta de escrúpulos de gente que está dispuesta a ‘incendiar’ el país en un rol opositor que tiene como contraparte a un gobierno que le sigue el juego. Los que gobiernan y los que aspiran a hacerlo se alejan del pueblo cuando el pueblo más necesita de gente racional, capaz de coordinar y priorizar la salud y el bienestar ciudadano.

A 100 días de la llegada del coronavirus a Bolivia, Santa Cruz es el departamento más golpeado, con más casos y más muertes. Tuvieron que pasar más de tres meses para que se tome conciencia de que las acciones gubernamentales fracasaron y que ahora se necesita el concurso de la sociedad civil para enfrentar este enemigo invisible y gigante que ya está sumergiendo al país en una catástrofe sanitaria. No se puede entender de otra manera que haya pacientes muriendo en la calle o en la puerta de los hospitales.

Este sábado comienza otra etapa, la del rastrillaje casa por casa. Se pretende llegar a 200.000 personas en 45.000 hogares. Aún esa cifra suena insuficiente cuando no se sabe a ciencia cierta cuál es la cifra real de contagios, asumiendo que los datos oficiales no reflejan la realidad. Este golpe de timón es la única esperanza en este momento. La gente perdió la fe ante las muestras de ineficiencia y de corrupción exhibidas en el gobierno central. 

Cien días después de la llegada del Covid-19 a Bolivia, urge que reaccione el país, no la clase política que no se da cuenta de su irresponsabilidad es un agravante de la situación, sino la sociedad civil. Uniendo las fuerzas quizás se logre bajar la incidencia y controlar la pandemia.

Tags