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8 de octubre de 2023, 4:00 AM
8 de octubre de 2023, 4:00 AM

Jannette Jacobs Estrada​

Si bien la escuela prusiana encerró las mentes de los educandos por más de dos siglos en aulas verticales, en las que la disciplina y la obediencia recaían en una educación espartana, hoy las cosas están cambiando exponencialmente.

El nuevo ecosistema se configura virtualmente y en su epicentro se encuentran los famosos nativos digitales, quienes demandan una nueva generación de docentes cualificados.

La mera transmisión de información ha quedado insuficiente y obsoleta, así como el rol del docente en las aulas: que de estrella del salón de clases ha pasado a ser un facilitador.

De hecho, el manejo de las nuevas tecnologías se ha convertido en la ruta principal para adquirir competencias educativas eficaces. Por eso, el docente debe adquirir una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, valores éticos, actitudes emocionales y otros componentes sociales para no morir en el intento.

Bajo esta dinámica, el docente del siglo XXI, más que educador, es un faro en la orientación del conocimiento; un modelo de aprendiz de nuevas estrategias, técnicas y enfoques en un mundo globalizado, competitivo y especializado.

Hoy, el docente es un líder moderno que, como director de orquesta, orienta, dirige, da sentido y fortalece el esfuerzo de sus estudiantes; es un cuestionador y constante investigador que enseña a pensar, a descubrir, a formular y a buscar la solución de problemas. En suma, es un visionario y formador de vida.

Aunque suene onírico, el docente debe tener muy claro el objetivo el logro de aprendizajes significativos; seleccionar muy bien y proponer estrategias diversas para lograr la planificación deseada y, con miras al futuro, tomar en cuenta las dificultades que se presentan para ajustar los objetivos a las posibilidades reales de sus estudiantes.

La idea básica de la renovación está en reconocer el planteamiento humanista y desarrollista, constituyendo una magnifica combinación para dar, en forma equitativa y pluralista, su contribución a la reformulación de un modelo de formación docente que se fundamente en una racionalidad sustantiva y significativa.

Una perspectiva descarnada del futuro muestra al docente reinventándose a sí mismo, porque tomó conciencia de que no se puede educar a los estudiantes como en el siglo XIX. Este mundo ya suena a un siglo totalmente tecnologizado.

Este paradigma modifica la manera de enseñanza, pensando en lo que les será útil a los estudiantes para enfrentar los retos de la vida diaria, llevando a la práctica y en diferentes contextos el conocimiento que adquirieron.

Dadas las características del entorno globalizado, diverso, creativo, innovador y especializado, esta nueva visión reta a los docentes a convertirse en facilitadores estratégicos, capaces de anticiparse, descubrir, crear y adaptarse a las situaciones que se les presenten y no pretender seguir un programa de curso al pie de la letra o “adoptar” técnicas y recursos didácticos aplicados en otras experiencias.

“La educación encierra un tesoro” es el título del informe de la UNESCO (1996), para la educación y el aprendizaje en el siglo XXI y donde se exponen los cuatro pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser.

El bien supremo de la educación se encuentra en la posibilidad de propiciar el desarrollo de capacidades, destrezas, habilidades, actitudes y valores en el ser humano y la sociedad, para promover el cambio social, en sentido de mejorar la calidad de vida.

A partir de esta reflexión, se revalora el rol del docente en la formación de sus estudiantes, cuando se logra la interacción entre ellos, que se genera por su "capacidad educadora y educable".

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