1 de octubre de 2023, 4:00 AM
1 de octubre de 2023, 4:00 AM


En un encuentro con estudiantes de Primero de Secundaria, para hablar sobre literatura y mi trabajo en el libro Pasión inútil. Cuentos de fútbol
(2019), comentábamos de sus ídolos deportivos actuales y sus preferencias en esta pasión de multitudes. Alguien mencionó uno de mis cuentos, El día que jugué con “el rey”,
que relata una memorable anécdota, cuando Edson Arantes do Nascimento (Pelé) visitó Bolivia, junto al equipo Santos de San Pablo.

El cuento describe el momento cuando uno de los futbolistas que lo acompañaba, puso en los extremos de un pasillo, al lado de la piscina del hotel, un par de sillas metálicas simulando palos de arcos y bajo el cadencioso sonido de una batucada —producida por los propios integrantes del equipo brasileño, con improvisados instrumentos—, se armó un picadito de fútbol de cinco contra cinco, en el que todos estábamos con trajes de baño. Recuerdo que eran tres adultos y dos niños en cada equipo. En esa tarde calurosa del verano de 1971, “el Rey” me pidió para su equipo y jugamos descalzos hasta ampollarnos.

Estos cuentos, la mayoría basados en recuerdos, el fútbol es apenas una excusa para volver a ser niños por un rato y patear una pelota imaginaria por el simple placer y alegría de recordar esas interminables tardes de fútbol y retornar al territorio nostálgico de la infancia.
Pasado este encuentro —ya en el auto—, cuando me disponía a regresar a casa, recién tomé conciencia que, ese año, al que el cuento hace referencia, ninguno de los alumnos —ni siquiera el profesor— había nacido. Ese impacto de reconocer una brecha generacional me mantuvo quieto unos minutos. En teoría, todos somos conscientes que el tiempo avanza de manera implacable, solo que cuando ocurren situaciones como esta, la sorpresa del proceso de envejecer nos golpea como un inesperado derechazo de boxeo y nos deja tendidos en la lona.

Estos momentos de conversaciones intergeneracionales pueden ser reveladores porque nos permiten reflexionar sobre el tiempo que ha pasado y cómo ha cambiado el mundo a nuestro alrededor. Cuando somos niños o jóvenes, y estamos sentados en un pupitre escolar o universitario, pensamos que el tiempo es ilimitado y que lo tenemos de sobra. A medida que envejecemos, comenzamos a sentir cómo el tiempo se acelera inexorablemente y se escapa de nuestras manos.

En otra ocasión, cuando hablaba, animadamente, con una diseñadora gráfica sobre cinematografía —un tema que me apasiona—, ella me miraba con cara de desconcierto. No había visto ninguna de las películas que yo mencionaba y tampoco conocía a las estrellas de cine que le describía. Lo que para mí fueron íconos que definieron mi juventud y marcaron hitos a mi generación, para ella eran simplemente partes de una historia irrelevante y que no le decían nada. Lo que una vez fue notable y significativo, con el tiempo se desvanece en la memoria colectiva y es reemplazado por nuevas influencias culturales.

Esta anécdota de mi hermano, un par de años mayor que yo, es muy ilustrativa sobre cómo aceptar el envejecimiento con cierta gracia: Él, junto a un amigo médico, ingresaron a un salón velatorio, unos meses después que había pasado lo peor de la pandemia. El médico, en voz baja, le comenta: “Ha sido tan dura esta peste que ha matado a muchos adultos mayores”. Mi hermano, intrigado, le pregunta: “¿Por qué afirmás eso? El doctor, señalando la parte de atrás del salón, le responde: “Mirá, ¿te acordás los viejitos que veíamos en los velorios?, no ha quedado ninguno”. La respuesta final fue lapidaria: “No es así doctor. Aquí hay un cambio generacional. ¡Ahora, los viejitos de los velorios somos nosotros!”.

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