17 de febrero de 2023, 4:00 AM
17 de febrero de 2023, 4:00 AM


¿Qué distingue la narrativa de partidos políticos, agrupaciones ciudadanas, candidatos de la oposición, plataformas y demás organizaciones que resisten al gobierno del Movimiento al Socialismo? Aparentemente, el discurso alternativo intenta cobijarse bajo el paraguas del respeto a la democracia y al Estado de Derecho.

Sin embargo, en los hechos y en el propio mensaje cotidiano no existe coherencia con ese enunciado. Es más, a veces las declaraciones, los comportamientos y las acciones de los autollamados demócratas están lejos de los principios esenciales de la democracia.

Existen contradicciones. Por ejemplo, cuando algún dirigente critica la relección y al mismo tiempo no busca la renovación en su propio partido. O su partido es un partido/empresa. Algo similar ocurre en sindicatos, asociaciones o en entidades como la propia Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia.

A ello se suman las dificultades materiales. El MAS cuenta con un inmenso caudal que se nutre con aportes voluntarios de militantes, pagos obligados de doscientos mil funcionarios públicos, dineros estatales, pagos extraordinarios como el de YPFB a los dirigentes cocaleros. Existe la sospecha de que también fluyen dineros de origen más oscuro, generados en Bolivia y externos.

Además, como repetimos regularmente, el MAS forma parte de la internacional del socialismo caviar (también lo llaman del capitalismo salvaje) que le da eco regional y mundial. O con el servicio de agencias como la oscura Neurona, denunciada en varios países, pero siempre impune.

El caso más dramático es el del invento del golpe de estado para explicar el desenlace de la protesta ciudadana de 2019. La narrativa del MAS recortó rápidamente los antecedentes, como su derrota en el Referendo del 2016 (derrota a pesar del Tribunal Electoral masista). En cambio, posesionó la idea de que el litio era el centro de la disputa.

Personajes como José Mujica no dudaron en respaldar el argumento. Otros se conmovieron por la imagen de Evo Morales en una carpa de nylon rosado, sin cuestionar cómo alguien perseguido podía esconderse con tanta fosforescencia y celular en mano. La “cantaleta”, como bien la califica la Iglesia Católica, sigue y recrudece cada que la economía nacional se hunde un poco más.

Desde la oposición no hay una narrativa suficiente para contrastar. Tampoco desde los medios de comunicación que tienen otras voces a la oficial. Por ejemplo, visitó Bolivia un influyente miembro de “El País” de España y periodistas locales lo entrevistaron deslumbrados por su poder, en vez de cuestionar por qué ese medio no intentó ni intenta entender las protestas ciudadanas bolivianas; al contrario, confunde.

La agenda la pone el MAS. La oposición se limita a reaccionar. Evo sale en las noticias de forma permanente, directa o indirectamente. Hay periódicos que le dan hasta siete titulares diarios en estos tres años, por si juega, por si viaja, por si dice. Morales sabe muy bien como enredar a los comunicadores ingenuos (o quizá no tanto).

Los reclamos de los médicos o de los discapacitados o de los potosinos, el paro de 30 días en la región más próspera, el secuestro de un gobernador, la golpiza a periodistas, no logran la atención de las agencias de noticias. La tarea más urgente del Comité pro Santa Cruz, para dar un ejemplo, es revisar sus palabras, sus gestos y construir una línea comunicacional de largo alcance, si quiere avanzar de la resistencia a la propuesta nacional/ regional. Información es poder, hay que recordar siempre.

Asuntos internacionales como la invasión rusa a Ucrania, las acciones del Grupo Wagner, los saqueos chinos de materias primas en América Latina, la situación de los presos políticos nicaragüenses, la construcción de casas israelíes en territorios palestinos, las masacres en México o la destrucción de la Amazonía no aparecen en la narrativa de la oposición.

Existen voces aisladas, de vez en cuando, sin conseguir articular un discurso diferente para una Bolivia con un horizonte distinto a estos tres lustros. Un país, al borde del Bicentenario, seguramente sin salida soberana al mar, pero al menos con una mirada que deje de ser mediterránea y localista.

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