1 de diciembre de 2022, 4:00 AM
1 de diciembre de 2022, 4:00 AM


Desde hace algún tiempo resulta inocultable la escisión en el partido de Gobierno, el Movimiento al Socialismo (MAS), donde el jefe de la organización, Evo Morales, jala para un lado, y el presidente del Estado, Luis Arce, para el otro. Si en algo coinciden es en el discurso radical y populista: allí ambos libran una suerte de competencia para demostrar quién es más izquierdista y quién usa los adjetivos más denigrantes contra los que no piensen igual, contra la ‘derecha golpista’ y cuanto ‘enemigo’ identifiquen en el frente. En la manera de administrar el Estado, las decisiones políticas y otros elementos del manejo gubernamental, ambos están en veredas opuestas y con frecuencia se mandan mensajes de acusación con expresiones como ‘traidor’.

Otra cosa es con guitarra, afirma el dicho popular y así se demuestra en este caso: no es lo mismo un Evo Morales de presidente, que un Morales sin poder, por muy jefe de su partido que sea. Desde el llano, si cabe el término, las huestes no obedecen como cuando estaba en lo más alto de la montaña; los lujos no le rodean ni tiene personal para abrirte las puertas a su paso; al contrario, tiene que mojarse los pies para simular al menos que cosecha personalmente los tambaquíes, aunque en los hechos el trabajo lo hacen otros.

Desde el llano, las decisiones se vuelven sugerencias que se pueden o no tomar, pero ya no tienen carácter de cumplimiento obligatorio. En el llano le invade el terror de que los que están arriba se tienten a quedarse más tiempo, como antes hizo él mismo, y así las noches ya no son noches de descanso, sino de pesadillas por episodios que le dicen cada madrugada que quizá no vuelva nunca más a saborear los placeres del poder.

Desde el llano solo tiene el Twitter; desde el poder está el canal del Estado y todo el aparato de comunicación al servicio del hombre más poderoso del país. Y por mucho que todos los días alguien postee algo a su nombre en las redes, el efecto nunca será el mismo, y con el tiempo sus redes pasarán a convertirse en algo parecido a un muro de los lamentos, casi una terapia de consuelo, y nada más.

Quién diría que la mayor oposición del presidente Luis Arce pasaría a ser el hermano Evo, con quien las formas solo se cuidan en público, y últimamente ya casi ni eso.
La más reciente pulseta en la que el desafiante fue Evo Morales es la aprobación de la ley del censo. El jefe cocalero hizo todo lo posible para bloquear esa ley en la Asamblea Legislativa, donde tiene seguidores que responden directamente a él. Sin embargo, ni en Diputados ni en el Senado pudo conseguir su objetivo. Es más, el Senado hizo una impresionante demostración de eficiencia al aprobar y sancionar en un solo día la citada norma.

Tras su derrota, como era previsible, Morales dividió a los parlamentarios del MAS entre ‘leales’ y ‘traidores’. Los primeros, naturalmente son los pocos que aún le obedecen; los segundos son los que -según él- se aliaron a la ‘derecha golpista’.

Morales bebe de su propia medicina y a estas alturas ya prácticamente solo le quedan de su lado los parlamentarios del trópico de Cochabamba. Su distancia con Luis Arce y con el vicepresidente David Choquehuanca es demasiado evidente. En los últimos meses ninguna de las dos autoridades atendió las presiones de Morales para hacer tal o cual cosa, ni para destituir a más de un ministro que hasta ahora continúan firmes en sus posiciones.

Esos procesos de división y descomposición son naturales en los partidos. Ocurrió en el pasado con el MNR, a tal punto que parecían faltarle letras del abecedario para distinguir unas de otras facciones. Ese podría ser también el destino del MAS.

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