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19 de noviembre de 2023, 4:00 AM
19 de noviembre de 2023, 4:00 AM

Por Sara Yoshino Otsuka, psicopedagoga

Desde mi experiencia en educación superior, los estudiantes durante su formación universitaria se interesan por solucionar problemas y generar cambios en la sociedad, sobre todo con los más vulnerables. Su motivación es más grande aún, cuando se les propone visitar lugares, instituciones o centros que promueven proyectos de apoyo o atención a estas poblaciones.

Aprovechando este ímpetu, las instituciones educativas universitarias tienen en sus manos la responsabilidad, y gran oportunidad, de promover y potenciar la mentalidad “changemakers” en sus estudiantes, de tal forma que no vean sólo problemas sino oportunidades para desarrollar investigaciones plasmadas en proyectos que se despliegan mediante trabajos en equipos multidisciplinarios coordinados entre carreras, para responder a las necesidades identificadas en la comunidad.

Así, los jóvenes, que pronto serán profesionales, aprenden siendo productivos y no sólo haciendo; como leí en el artículo “Aprender haciendo ya no es suficiente, lo importante es aprender produciendo”.

La relación docente-estudiantes-intenciones educativas-contexto debe y tiene que ser directa para cultivar valores éticos, sensibilidad social, creatividad, visión global y de futuro, liderazgo, trabajo en equipo, mentalidad crítica y proactiva, entre otras competencias que abran la visión global del estudiante para proponer e implementar las diversas posibilidades de cambios positivos en la sociedad.

Para lograr este fin, es menester contar con docentes changemakers, que sean motivadores, inspiren a los estudiantes y apliquen pedagogía (métodos, didácticas, recursos, etc.) retadora y orientada a identificar problemas y alternativas de solución de manera colaborativa con otras disciplinas.

No podemos anhelar formar profesionales con un desempeño que demuestre estas competencias si no fue inducido a desarrollarlas durante su formación profesional. No centrarse en los contenidos, ni en “vaciar” los mismos en la mente del estudiante para que los replique en un examen, es el desafío.

Es tiempo del cambio, de transformar la educación, tiempo de rebelarnos contra una educación basada en exposiciones magistrales arraigada en todos los niveles educativos.

En contraposición, es precisamente el modelo de formación basado en competencias que apunta a desarrollar procesos de aprendizaje-enseñanza con la intención de formar profesionales generadores de cambios.

Desafiar permanentemente a los estudiantes exponiéndolos ante diversas situaciones (retos, problemas, casos), los estimula a dinamizar con la misma frecuencia todos sus recursos intelectuales, axiológicos y procedimentales para hacer frente a dicho desafío en busca de soluciones positivas con un fin de impacto social en el que, no sólo aplica saberes teóricos-conceptuales y procedimentales, sino valores éticos, sensibilidad social, análisis crítico, empatía, creatividad e innovación, entre otras actitudes que configuran un modelo de persona; es decir, el “valor agregado” de todo profesional, independientemente de la disciplina.

Si bien el interés inicial está latente en los estudiantes, motivados por temas de la coyuntura social para emprender propuestas de beneficio común, la responsabilidad debe ser compartida entre todos los entes involucrados en la educación.

En la actualidad, las universidades poseen un compromiso social y requieren asumirla con hidalguía y audacia para desarrollar procesos transformadores en la educación que posibiliten canalizar esa energía proyectiva que manifiestan los jóvenes, encaminándolos hacia lo que les interesa: generar cambios en la sociedad para dar solución a los múltiples problemas que la aquejan.

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