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11 de diciembre de 2023, 3:00 AM
11 de diciembre de 2023, 3:00 AM

Erick Fajardo Pozo

Diplomacia y espionaje son lo manifiesto y lo latente de la política exterior, un par binario que orbita un área gris entre la representación formal de un Estado y las operaciones clandestinas de tráfico de información clasificada de otros Estados. En esa dinámica dicotómica, las nociones de exclusión y pertenencia juegan un rol definitorio en la economía de lealtades de los agentes del servicio exterior.

Políticos y medios debaten cuándo Manuel Rocha fue “convertido, seducido o corrompido” por el sistema de infiltración cubano, cuando probablemente Rocha fue construido por sus experiencias sociales en el proceso de reasentamiento y naturalización en EEUU, como consta en una entrevista en una publicación de la preparatoria a la que asistió entre 1965 y 1969, y que revela la genealogía política de Rocha y las vivencias que quizá forjaron sus lealtades.

Nacido en 1950 en Colombia, con apenas diez años Rocha migró a Estados Unidos en 1960, tras morir su padre. Junto a su madre y dos hermanos vivió con un tío en un proyecto habitacional de bajo costo en Harlem, por los que su primera experiencia en EEUU fue el shock cultural de asentarse en el mayor gueto negro, en medio de la peor tensión racial del siglo XX.

La madre trabajó en una fábrica de costura clandestina, mientras Rocha asistía a la escuela pública en Morningside Heights y sobrevivía de la asistencia social y cupones de alimentos. “Era un hispano en un ambiente cultural predominantemente negro”, diría Rocha de aquella época.

En 1964, Rocha fue testigo de cómo Harlem ardió en el tercer motín racial del siglo XX, cuando un policía le disparó a James Powell un niño negro de su edad. Harlem había ardido antes, en 1935 y de nuevo en 1943, tras que otro policía blanco le disparara a un veterano negro.

Muchas iniciativas para reubicar a esa generación de adolescentes marcados por el trauma de la violencia racial surgieron. En 1965 Rocha ganó la beca ABC (Una Mejor Oportunidad) para asistir a un exclusivo internado de Nueva Inglaterra.

Pero Rocha llevó con él Harlem a Connecticut. Aunque hispano, fue nombrado director de la Asociación de Estudiantes Negros de Taft. “Mi experiencia en el gueto y mi capacidad para lidiar con ese mundo me hicieron aceptable para todos los niños negros”, diría.

Taft también marcó a Rocha. “Mi amigo más cercano rechazó mi oferta de ser compañeros de cuarto porque sentía que si sus hermanas lo visitaban y veían quién era su compañero de cuarto, no pensarían dos veces para salir con un hombre negro. Me sentí devastado y pensé en suicidarme”, diría a su profesor de Latín que lo ayudó a superar “el rechazo más significativo de su vida”. Hasta aquí el testimonio de Rocha a Bonnie Blackburn, publicado en el Taft Bulletin #74, en la primavera de 2004.

La acusación en su contra dice que fue reclutado en Chile por la DGI cubana en 1973.

¿Pero qué hacía un Cum Laude graduado de Yale en un Chile que en 1973 ebullía igual que Harlem en 1964? ¿Marchó, como otros miles, a poner su talento al servicio de la utopía socialista? ¿Fue reclutado o se enlistó él? Como fuera, el sueño socialista chileno murió ese mismo año con Pinochet y Rocha regresó a EEUU sabiendo ya quién era y dónde pertenecía.

Ese mismo año de 1973 empezó su posgrado en Política Pública en la Escuela Kennedy de Harvard y cinco años después, en 1978, se graduaba del Programa para el Servicio Exterior de la Escuela Walsh en Georgetown, año en que también juró lealtad a la constitución y al gobierno de los EEUU.

Sin embargo el morocho Rocha había hecho votos y jurado a su verdadera causa antes, tal vez, efectivamente en 1973, cuando vio sepultar con Allende en La Moneda la utopía socialista a la que quiso enlistarse. O quizá ya en 1964 en Nueva York, el año que vio arder Harlem; el año que un médico-guerrillero argentino habló ante Naciones Unidas en esa misma Manhattan en la que creció, planteando a su generación una dicotomía sin opciones: “Patria o Muerte”.

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