16 de enero de 2022, 4:00 AM
16 de enero de 2022, 4:00 AM

Hay varios grupos antivacunas, desde los que creen que se les va a implementar un chip para controlarlos hasta los libertarios extremos, que creen que las personas son islas autónomas, pasando por grupos de irresponsables que buscan sus cinco minutos de fama haciendo politiquería con el tema.

Por deformación profesional haremos un abordaje microeconómico del Covid-19 como externalidad negativa y de las vacunas como externalidad positiva.

Para los que creen en la libre elección dentro de los mercados, los individuos maximizan su bienestar y/o utilidad adquiriendo bienes y servicios en total libertad. Lo único que los restringe es el dinero que tienen en el bolsillo. Son los consumidores soberanos en el mercado. Por otra parte, están las empresas que buscan aumentar sus ganancias intentando vender más bienes y servicios a costos más bajos. Son las empresas en el mercado, también actuando libremente.

En estos mercados perfectos, sin ninguna interferencia estatal, consumidor y productor se encontrarán para intercambiar bienes y servicios y siguiendo las señales de los precios ayudarán en la asignación y distribución de los recursos escasos en la economía. Es la mano invisible de Adam Smith funcionando. Por supuesto, esto sucede más en la teoría que en la práctica.

Pero, ¿qué ocurre cuando mi actividad, sea de consumo o de producción, afecta negativa o positivamente a un tercero y esto no pasa por una valorización en el mercado? Se produce una falla de mercado que se conoce en la literatura económica como externalidades positiva o negativa.

Pongamos dos ejemplos sencillos. Subirse a un minibús o trufi es una experiencia surrealista, especialmente en la parte occidental del país. A las siete de la mañana, la temperatura del colectivo es superior a los 24 grados, un espacio apretado, aunque acogedor que nos transporta al trabajo, protegiéndonos del frío polar de la calle. La calefacción natural es una externalidad positiva por la que el pasajero no paga.

Otras externalidades positivas de viajar en un minibús son: 1) la música ambiente que a los amantes de la música chicha -como yo- nos actualiza en el hit parade de Puno, y 2) el servicio de literatura popular rápida en las ventanas. “Si salió atrasado no es culpa del chofer”. Para los románticos: “Aunque te duela soy el number wan”. O consejos más sabios: “El dinero no trae felicidad, pero ayuda a sufrir en París”. O mensajes como: “Mi marido es un racista, odia a mi negro”. Estos servicios adicionales no están incluidos en la tarifa/precio, pero producen el beneficio para algunas de las personas que consumen transporte privado de minibús.

Al mediodía, las cosas cambian y el minibús se convierte en un ensayo del infierno. “La calor” quema por todas partes y abrir una ventana se convierte en una tarea hercúlea. Así que, se activa un sauna móvil, especialmente si usted está sentado en la parte trasera. 

Al terminar el viaje, se sale debidamente rostizado, a sentir el chiflón de media tarde que le azotará los músculos y le proporcionará un bello resfrío o lo que es peor Covidcito, cuyo tratamiento le costará un ojo de la cara, a usted o al Estado. Por supuesto, inclusive se corre riesgo de vida. Éste es un ejemplo clásico de externalidad negativa. Usted pagó su pasaje, pero de yapa se llevó la enfermedad. Esto se conoce, en la jerga económica, como una externalidad negativa.

En suma, una externalidad negativa o positiva aparece cuando un consumidor o una empresa realizan una actividad que maximiza su interés individual, pero que hace daño a un tercero, quien no es compensado por el perjuicio o tampoco obtiene el beneficio. Esto produce un subóptimo social, una pérdida generalizada para la sociedad. Una de las formas de corregir esta falla de mercado es a través de la regulación estatal (impuestos, subsidios, penalizaciones).

Una persona contagiada o no por el virus del Covid19 busca maximizar su interés individual visitando supermercados, cines, subiendo a minibuses participando de marchas, ejerciendo su libre albedrío; sin embargo, su actividad puede estar contagiando a otras personas y poniéndolos en riesgo de muerte o lo que es peor, poniendo en riego su propia salud. El ejercicio de la libertad-acción de uno produce una externalidad negativa al colectivo social. En concreto, pone en riesgo la salud de los otros, afecta a la producción de la economía porque retira a una persona de su actividad laboral, y aumenta los gastos del Estado o de una persona en médicos, remedios y hospitales.

Para corregir esta falla de mercado el Estado debe intervenir y lo hace a través de la promoción del distanciamiento social, las normas de bioseguridad y finalmente, lo más importante, impulsando la vacunación; es decir, activando una externalidad positiva.

Los antivacunas, los que se niegan a usar mascarilla o mantener el distanciamiento social argumentan que se les coarta su libertad. Pero el ejercicio de su libertad afecta negativamente a la libertad y la vida de otros. Toda sociedad democrática establece los límites hasta dónde va la libertad individual y dónde comienza los derechos de los otros. John Stuart Mill (1806-1873), dijo: “El único propósito del uso justo del poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es prevenir un daño a otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es razón suficiente”.

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