27 de julio de 2021, 5:00 AM
27 de julio de 2021, 5:00 AM


Ha muerto Roberto Valcárcel. Luchó cinco meses por conservar su vida, pero tropezó con tantos problemas en el sistema de salud de la ciudad, que al final se declaró cansado de sufrir, ya no quería vivir y pidió que lo dejen ir en paz. El domingo a media mañana levantó vuelo y se fue en medio del cariño de sus amigos, seguidores y admiradores del quizá más grande artista que Bolivia tenía con vida hasta ese día.

Se fue pocos días después del desprecio de una clase política ignorante y miserable que hace dos semanas con los votos de los senadores del Movimiento al Socialismo rechazó un homenaje que otros legisladores habían propuesto para destacar la trayectoria de un gran boliviano que durante cuatro décadas y media se dedicó a crear arte y a formar nuevas generaciones de profesionales y artistas.

El homenaje no le hubiera devuelto la vida, pero quizá le hubiese regalado una sonrisa en aquellos días en que Roberto se encontraba en las puertas de la agonía, pero aún era consciente con todos sus sentidos; quién sabe si también le hubiera reafirmado un inolvidable instante de pertenencia a un país agradecido que reconocía en él un hijo ilustre, de esos que nos llenan de orgullo a todos. Pero no, la mezquindad y el cálculo político del MAS pudo más, que en este caso actuó como si fuera dueño de una institución nacional como es el Senado, convertido ahora en una extensión del partido dominante cual si fuera la sede de un sindicato cocalero.

Cuando enfermó, Roberto Valcárcel se encontró con un sistema de salud colapsado; sus amigos no encontraban espacio para internarlo en ningún hospital. Por la emergencia, fue llevado a una clínica privada mientras continuaba la búsqueda de un hospital público que tenga una unidad de terapia intensiva. Cuando por fin encontraron un espacio para él, tropezaron con la falta de equipos médicos necesarios.

Así estuvo durante cuatro meses, y cuando por fin salió del hospital con cierta mejoría con la idea de recuperar en casa, todos quienes lo querían parecían respirar tranquilos ese mismo aire que a él aún le faltaba. La ilusión duró muy poco, apenas menos de una semana, y Roberto tuvo que ser internado nuevamente en una clínica privada a falta de una sala de cuidados intensivos en el sistema de salud público.

La costosa atención de casi medio año fue cubierta por los ahorros del propio artista y la solidaridad de sus amigos, que organizaron actividades y subastas de obras de arte para cubrir el tratamiento.

Nacido en La Paz el 19 de agosto de 1951, Roberto Valcárcel trasladó su residencia a Santa Cruz en 1993 casi de casualidad, cuando fue invitado temporalmente a dar unas clases y decidió quedarse porque descubrió que aquí “la gente vivía y dejaba vivir, cada uno preocupado por sus asuntos, cada uno buscando progresar o divertirse, pero no preocupados por trancar al otro o poner zancadillas”, como él mismo revelaba en una entrevista el año 2008.

En ambas ciudades sembró muchas amistades, seguidores de su obra y alumnos a quienes impartió generosamente su obra desde las aulas universitarias. Nadie podrá negarle el título de máximo artista boliviano del arte conceptual y experimental.

Pensándolo mejor, quizá el Senado hizo bien en no rendirle el homenaje que le negaron: aquellos “representantes de la Patria” no merecían quedar “enaltecidos” con un gesto que por un instante les hubiera regalado la estatura que no tienen al citar el nombre del gran Roberto Valcárcel, boliviano que enorgullece a un país que no necesita de senadores para decirle: “Gracias Roberto Valcárcel por 45 años de arte, por llevar el nombre de Bolivia a más de 30 países del mundo que aplaudieron tu obra, gracias por demostrarnos el valor de la inconformidad, de la provocación. Es tiempo de descansar. Desde esta tierra que adoptaste como tuya te decimos Gracias”.



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