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Quizás sea uno de los trabajos más arriesgados si de contagio del coronavirus se trata.

Actualmente usan alcohol para cumplir con sus labores, pero Maribel Espinoza, la dueña del local, se confiesa: “Mentiría si digo que usamos barbijo”.

La pandemia golpeó tan fuerte a las trabajadoras sexuales, que de tener 70 chicas a su cargo, los números de Maribel bajaron a 15.

“No trabajamos los primeros tres meses y después nos animamos, además había pocos clientes y andaban yescas, estaba el temor. Varios perdieron su trabajo y las empresas quebraron”, recuerda.

Espinoza cree que la mayoría se contagió de Covid-19 entre junio y julio y que ninguna se convirtió en caso grave. Las más complicadas solo llegaron a fiebre y gripe. Dice que incluso ella, estando embarazada, era asintomática.

Después de los tres primeros meses de cuarentena rígida, el pago de alquiler, gastos de los hijos, etc., exigieron a las chicas volver al trabajo, por muy arriesgado que este fuera.

La crisis llegó a tal extremo que muchas de las extranjeras regresaron a sus países de origen y las que habitaban en el local de Maribel no cubrieron el alquiler. Dice ella que llegaron a deberle seis meses de alojamiento.

“Tampoco les cobré porque no había clientes, o porque pagaban a la Policía que las agarraba, eso hizo que yo no les cobre”, cuenta.

Los únicos clientes que se mantuvieron fieles fueron los que trabajan de forma independiente, como los de la Isabel la Católica, y empleados de ciertas empresas del Estado.

Algunas tuvieron suerte, captaron la atención de clientes enamoradizos que les dieron dinero en efectivo a modo de ayudarlas.

En algún momento, las trabajadoras sexuales de Maribel salieron a vender naranjas en plena pandemia para ayudarse con los gastos, pero también para ayudar a un recién nacido que perdió a su madre.

Maribel dice que hubo historias tristes, como la de una de “sus chicas” que se enamoró de un cliente, convivió con él, se embarazó, y el hombre la abandonó con un niño que tenía soplo en el corazón.

“Quedó sola a cargo de la crianza y los gastos médicos, vino llorando y también me hizo llorar”, cuenta Maribel.

Otra de sus trabajadoras fue víctima de feminicidio por una pareja con la que iba y venía. Espinoza dice que quisieron responsabilizar al local por la situación, pero asegura que muchas de las chicas intercambian números con clientes y se ven afuera con ellos, y de eso no se puede hacer cargo.

Crisis que fue oportunidad

Al ver que la situación económica se ponía seria, Maribel buscó la forma de reinventarse.

Además de su boliche, Punto G, abrió otro en Montero, donde antes hubo un residencial. Dice que en ese municipio al negocio del sexo le va muy bien. También abrió Las malcriadas, otro local que inaugurará el 19 de marzo, como regalo para los ‘papacitos’.

Las malcriadas fue fruto del paro de las pititas, cuando sacaron sofás rojos a la calle para bloquear. “Un masista dijo un montón de cosas sobre nosotros, que éramos prostitutas y malcriadas. En honor a él, el boliche se llamará así”, ironiza.

Maribel dice que ya están más tranquilas, felices y trabajando, porque pueden hacerlo.

“Los primeros meses nos hicieron zapatear, la Alcaldía, la Policía. Querían que trabajemos para ellos”, critica.

Las chicas se arriesgan a pesar de todo porque en dos días sacan lo que otras en un mes. “Si hacen pieza (tienen sexo) y beben con los clientes pueden ganar hasta Bs 2.000. Algunas vienen una vez en el mes para completar el alquiler”, comparte.



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