El Deber logo
29 de agosto de 2023, 4:00 AM
29 de agosto de 2023, 4:00 AM

Por Hernán Terrazas E., periodista

En esto de la política nadie sabe bien para quién trabaja. Los opositores creen descubrir las vulnerabilidades de los oficialistas, sin darse cuenta que ellos mismos padecen los mismos males y los oficialistas atacan a los opositores con cuestionamientos que describen también su propio desempeño.

La polarización desgasta las narrativas, lo mismo que los rostros conocidos que reiteran hasta el cansancio los mismos discursos, las críticas y los remedios para todos los males. Nadie quiere dejar de aparecer en la foto, aunque desde hace tiempo la gente cambió el álbum de sus preferencias.

Los resultados de las encuestas también sueles ser contradictorios y los mensajes se nutren de medias verdades. Dicen, por ejemplo, que en 17 años el MAS no cambió nada, pero también revelan que la gente cree que hay más inclusión y menor pobreza. En qué quedamos. ¿No cambió nada?

Los mensajes se construyen desde la parcela propia, pero no para cruzar límite alguno. En un esquema de amigos y enemigos, de ellos y nosotros, donde cada quien habla para públicos convencidos de antemano, pero no hace el mínimo esfuerzo por llegar a los otros. O se es de aquí o se es de allá, no hay punto de encuentro y así nos va.

Pero el ánimo social se mueve en direcciones insospechadas. Los que ayer estuvieron de un lado, hoy están en el otro o posiblemente en ninguno, como bien lo advierten varios estudios donde se puede constatar que los escépticos superan a los fanáticos.

Los incrédulos son una fuerza impensada de transformación. En Argentina dieron sorpresas y en Ecuador también. En Bolivia conforman un partido mayoritario sin personería jurídica, ni liderazgo que por ahora transita entre el no sabe o no responde, el ninguno o el nulo.

A ellos no les habla nadie. Las narrativas en boga los excluyen. Los líderes, independientemente de su filiación, no los representan. Cuando ven a los de siempre y escuchan lo de siempre cambian de canal. Hace tiempo que quedaron fuera del radar de los partidos e incluso de los medios y todavía no hay un influencer que los convenza de tomar determinada dirección.

Es la sociedad que ya salió de las trincheras, que se mueve en la frontera de los antagonismos, porque ya no quiere ser rehén de radicalidades ajenas. Le interesan más la solución de los problemas y no los enfoques, las salidas más que las ideologías. Saben que unos y otros hablan de lo mismo desde hace años y no distinguen quién hizo más o menos.

Narcotráfico, pobreza, gas, desempleo, corrupción, justicia e inseguridad. Nadie puede decir que ha encarado mejor las prioridades que varían en orden a lo largo del tiempo, pero que no han cambiado de manera significativa durante décadas.

A la reiteración de temas que resbalan por la piel de electores escépticos, debe sumarse la golpeada credibilidad de los mensajeros. Todos o, bueno, casi todos, ya pasaron por la prueba del poder y no es fácil que la gente, ni siquiera las nuevas generaciones, arriesgue su confianza en la misma dirección. Tal vez por eso el porcentaje de quienes quieren a alguien nueva o nuevo es mayor al de quienes tienen definido ya su voto para el 2025.

El pasado pasa factura, no solo para quienes gobernaron hace dos décadas, sino para los que lo hicieron en los últimos 17 años. La exigencia de renovación tiene que ver con la sensibilidad de los mensajes, con las nuevas envolturas de significado para viejos problemas y para las nuevas agendas, pero sobre todo se relaciona con las personas. En Bolivia, el tiempo pasa para los electores, pero no es tan dinámico para los políticos.

No se trata de una competencia de quién lo hizo mejor antes, sino de quién lo puede hacer mejor hacia delante, de dar la oportunidad a nuevos protagonistas, como pasó en Chile con Boric, en Ecuador con Gonzales y Noboa, en Guatemala con Arévalo, en Argentina con Bullrich y el propio Milei, y en México con Claudia Sheinbaum o la sorprendente Xochitl Gálvez.

Que haya o no resultados, es una cosa que se evaluará después. Es una apuesta con fecha de futuro, una necesidad de fortalecer la esperanza a pesar de todo, de apuntar a una nueva generación de líderes, ya sea que vengan de las mismas organizaciones políticas o de una periferia que pugna desde hace tiempo por participar, pero que sobre todo representen a esa generación de frontera que camina hacia el fin de la polarización.

Tags