19 de junio de 2022, 4:00 AM
19 de junio de 2022, 4:00 AM


La fuga de dos presos del pabellón de máxima seguridad de Palmasola reposiciona el debate acerca de las condiciones en que se encuentra el lugar. No solo es infraestructura, también se trata de la vigilancia -a todas luces insuficiente-, que permiten que los internos estén a sus anchas, sobre todo cuando tienen plata y cuando hacen sentir su poder por las buenas o por las malas.

Dos peligrosos presos, acusados de matar a un hombre en la localidad de Minero, escaparon del único pabellón que tenía celdas de verdad, que estaba protegido por una alta pared y barrotes, como en todas las cárceles debería ocurrir. Sin embargo, ellos -a los que se vincula con el grupo mafioso Primer Comando de la Capital- no tuvieron inconvenientes para salir, correr por el penal y saltar el muro perimetral, con la ayuda de trapos anudados que fueron la cuerda que los sujetó para no caer. Afuera los esperaba un vehículo, conducido por la concubina de uno de los prófugos.

Ellos salieron de la zona del penal y se fueron hacia el norte, muy cerca del aeropuerto de Viru Viru. De ahí se trasladaron a un departamento rentado, en un edificio ubicado a pocas cuadras de la Universidad Gabriel René Moreno. La Policía los recapturó, también detuvo a la cómplice y a otra persona que presuntamente ayudó a proveer el vehículo en el que viajaron. Pero ahí no acaban las responsabilidades. ¿Qué ayuda tuvieron de adentro del penal? ¿Hay policías custodios involucrados? ¿Por qué no se los ha identificado hasta el momento?

Palmasola es el penal donde ocurren hechos insólitos. El año 2005, 27 reos del régimen de máxima seguridad, llamado Chonchocorito, usaron un camión y armas para salir a tiros por la puerta principal de la cárcel. Redujeron a los policías y se fueron. A muchos no los recapturaron. Ocho años después, en 2013, hubo otro episodio increíble. Los presos de un pabellón atacaron a los de otro pabellón con garrafas de gas que fueron usadas como lanza llamas. Más de 30 personas murieron.

Siempre que ocurren estos hechos las autoridades del Estado prometen que será la última vez, que se construirá una cárcel modelo, pero la afirmación se diluye con el paso de los años y nada cambia en Palmasola.

Este penal fue construido para una población carcelaria de 6.000 personas, pero a la fecha triplica la cifra. Palmasola se ha convertido en una ciudadela, donde hay clases sociales, restaurantes y todo tipo de negocios. Ahí se construyen casas y se las renta al mejor postor. Allí también hay miseria, porque los reos que no tienen recursos deben vivir de la limosna y dormir a la intemperie. Eso se sabe hace años, pero no se hizo nada para cambiarlo.

A ello se suma la recurrente noticia de que desde Palmasola se planifican robos y extorsiones. Mucha gente denunció que tuvo que ir al penal para pagar determinados montos que le permitieran recuperar un vehículo robado. En síntesis, todo está mal con la cárcel más grande del país. ¿Hasta cuándo?

Si bien es cierto que urge un penal de máxima seguridad, acorde a la región más grande del país, también es cierto que las condiciones actuales de vigilancia no generan confianza a la ciudadanía. Han sido varios los gobernadores cambiados por sospechas de corrupción. Y no se puede desconocer que, cada cierto tiempo, hay requisas en las que se encuentran drogas, bebidas alcohólicas, armas, celulares y un largo etcétera. ¿Por qué pasa esto? Pues porque alguien lo permite a cambio de unos pesos.

Lo real es que Santa Cruz precisa un cambio radical en el régimen penitenciario y en la infraestructura. No es posible que la cárcel más grande y con más población siga siendo una vecindad sin dueño.

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