Opinión

Hora de cierre

28 de noviembre de 2019, 3:00 AM
28 de noviembre de 2019, 3:00 AM

Hago una confesión: son las 20:41 horas del martes 26 de noviembre, debo enviar a El Deber el artículo de mi columna y hay tal cantidad de temas sobre los que podría escribir que mi cerebro no atina a definir uno.

Ojalá que algunos de mis lectores no se alegren de esta situación, pues como verán si siguen leyendo, finalmente estoy frente a la pantalla de la computadora y, gajes del oficio, a medida que se acerca la hora de cierre --o, como ahora, a medida que me paso del límite-- la adrenalina comienza a funcionar.

Mi reflexión, una vez más, se traslada allende las fronteras, y me enfurezco cuando recuerdo que un abogado argentino llamado Juan Grabois, dirigente de alguna asociación asistencialista financiada con recursos del Estado, anunció que ha decidido mandar una delegación a Bolivia para investigar los atentados en contra de los derechos humanos cometidos por el gobierno “dictatorial” de nuestra presidenta.

Y por tercera vez en este tiempo me pregunto qué mal hemos hecho a Argentina para que algunos de sus dirigentes, además de mirarnos con desprecio, opinen sobre el país sin escrúpulo alguno y amenacen con ingresar a nuestro territorio cual ejército auxiliar años previos a la independencia del país.

Como anécdota, les cuento que conocí a Grabois en Roma, el año 2015, y ya entonces era una persona arrogante que aprovechaba con grosería la amistad que le brindaba el papa Francisco (últimamente ha cometido tantos desaciertos en su país, que aparentemente ni Roma ni el Episcopado argentino lo mencionan más). Sobre esa confianza, utilizó la visita de Francisco a estas tierras con fines sectarios y como organizador del II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Santa Cruz marginó del encuentro con el Papa a muchas organizaciones indígenas y sindicales no afiliadas al MAS, pese a que se le pidió no hacerlo.

Pero, Francisco dio una sorpresa, ante el asombro del exmandatario ahora fugado que, como siempre, no pudo evitar que su mal humor se expresara en su rostro, al afirmar que “en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: ‘proceso de cambio’. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. 

Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón. 

Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios”.

Seguramente Juan Grabois presumió que algunas partes de ese mensaje que no agradaron al exmandatario ni a él, fueron recomendadas por los obispos del país, pero como no podía hacer ya nada, mantuvo su molestia hasta hace unos días cuando, como todos los violentistas radicales, afirmó que le “avergüenzan los cristianos, incluso obispos, que han impulsado el golpe racista y elitista contra el gobierno indígena boliviano. No han entendido nada del magisterio del Papa Francisco” …

Ahora, además, quiere mandar una misión de investigación, en circunstancias en que con gran esfuerzo y con el aporte de la Conferencia Episcopal, hemos ingresado a un todavía precario momento de paz que nos permitirá encarar un necesario y libre proceso electoral.

Es de esperar que la misión “grabois”, como la de la CIDH (también copada por gente cercana al kirchnerismo) no logren su objetivo de reponer el estado de violencia propiciado por el expresidente fugado y sus adherentes, y salgan del país como alguno de los ejércitos auxiliares del pasado, pero sin petacas sustraídas de la Casa de la Moneda.

La hora de cierre me hizo cumplir mi deber con El Deber. Ahora espero que la intervención de los violentistas argentinos en nuestros asuntos no sea sino un feo recuerdo de un momento trascendental de nuestra historia.



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