Opinión

Innovar la forma de hacer política

17 de diciembre de 2019, 3:00 AM
17 de diciembre de 2019, 3:00 AM

Bolivia ha vivido semanas históricas entre septiembre y octubre, cuando una inusual lucha pacifista logró un cambio. Más allá de los acuerdos y desacuerdos que se pudiera tener sobre el tema, hay que coincidir que las formas y las estrategias cambiaron. 

Del estilo del bloqueo agresivo, con violencia y enfrentamientos, se pasó a los bloqueos en apariencia vulnerables, casi pueriles, pero pacifistas, como el detalle suficiente de amarrar una cinta de una vereda a la otra, con presencia más de familias que de militantes o seguidores de corriente política alguna.

Ese fenómeno se explica en parte, quizá, por la presencia de nuevos actores ciudadanos en las calles y en los esfuerzos por cambiar algo. Y fueron los jóvenes, las nuevas generaciones antes aparentemente ajenas al transcurrir político del país, quienes arrastraron a sus padres, abuelos y niños a esas nuevas maneras de protestar. El resultado es el que el país ya conoce.

Esa lección tan profunda y cargada de ilusiones materializadas en formas distintas de tomar las calles es la que la nueva clase política emergente tiene que adoptar para sus prácticas. Sensiblemente, en esa esfera aún subsiste la forma antigua, desgastada y desprestigiada de hacer política. Probablemente esas nuevas generaciones de liderazgos adoptaron linealmente los estilos que vieron en los actores tradicionales, como una desafortunada herencia desde el papel de testigos.

Por eso llama la atención que en algunos casos en los que se esperaría conductas desligadas de eso que los bolivianos quieren en el pasado, aún persisten los signos del amaño, la táctica oscura, la mentira, el egocentrismo o el chantaje.

Sin alusión a nadie en particular –porque hay que entender que también esos nuevos liderazgos tendrán que recorrer aún un camino de ojalá rápido aprendizaje–, en los últimos días se han visto algunos atisbos de esas prácticas del pasado.

Nadie tiene la verdad ni la fórmula, pero esta nueva Bolivia que quiere el encuentro antes que el enfrentamiento tiene que hacer el máximo esfuerzo por acompañar la sencilla y ejemplar filosofía de quienes conquistaron el cambio en las calles. El país lo necesita, silenciosamente lo exige. Esa será la manera de construir una patria de nuevos respetos, de proyección optimista hacia el futuro, de ese espíritu de generosidad que anudaba las pititas.

Innovar la forma de hacer política es también el objetivo mismo. La búsqueda de las metas no puede ignorar la manera de caminar para llegar a ella. El fin no puede seguir justificando los medios a costa de cualquier vulneración de principios y valores.

Las nuevas generaciones, esas que ya son dueñas del destino de nuestro país, esos nativos digitales que hoy ocupan espacios de protagonismo, sostienen esas convicciones. De ellos, casi más que de los que van de salida, es el país que quiere otro horizonte después de un largo ciclo que hizo de la diferencia la razón de la división entre los bolivianos.

Y la generación política intermedia, que también existe y por tanto también hay que respetarla, tiene por su parte que generar ese mismo cambio y sumarse a la necesidad de hacer política con otras prácticas, con transparencia, honestidad, corrección, respeto, dejar de adjetivar al que se encuentra en la otra vereda de las ideas y que, si algún ataque existe, que sea el de la confrontación de ideas, no el de la descalificación burda y ofensiva ni de los golpes bajos. Que la lógica de la búsqueda del poder no la enceguezca al extremo de continuar repitiendo aquello que Bolivia no quiere más para este nuevo tiempo.



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