17 de agosto de 2021, 5:00 AM
17 de agosto de 2021, 5:00 AM

¿Qué les ocurre a nuestros jóvenes que en los últimos días están haciendo del consumo desmedido de bebidas, las aglomeraciones y el incumplimiento de las medidas de bioseguridad, un hábito de su conducta cuando llegan los días viernes, sábado y domingo? El último fin de semana los boliches y los consumidores de bebidas alcohólicas incumplieron la ley seca que estaba aún vigente sin nadie que controle ni esa ruptura de la norma ni los excesos allí donde había reuniones nocturnas.

La Alcaldía de Santa Cruz, por su parte, que anunció la suspensión de la ley seca a partir de este lunes 16 de agosto, quizá por presiones de los gremios asociados a la vida nocturna o quién sabe por qué razones, simplemente brilló por su ausencia en el control de las medidas, que es su obligación. Es muy sencillo y “popular” para el alcalde Jhonny Fernández quitar las restricciones y anunciarlas con bombos y platillos, pero también es su responsabilidad preocuparse por el resultado de sus decisiones y observar lo que puede resultar del anuncio. Es su responsabilidad proteger, en definitiva, la salud de los habitantes de la ciudad en tiempos en que la pandemia no ha pasado ni mucho menos.

A juzgar por las escenas que se observó en la ciudad este fin de semana, se podría equivocamente pensar que en Santa Cruz de la Sierra ya no hay covid-19 ni contagios ni muertos. Boliches llenos de parroquianos, sin ningún tipo de límites, jovenzuelos y otros no tan jóvenes circulando sin barbijos, riñas callejeras y otras formas de violencia bochornosas en calles y establecimientos, consumidores de alcohol sin control de sus actos. ¿Esa es la Santa Cruz que la Alcaldía del municipio quiere e impulsa con el levantamiento de restricciones y el descontrol de la ciudad?

Fue el fin de semana de desmadre y desborde descontrolado, de festejos como si fuera el último de la existencia. Aquello del aforo de porcentajes limitados es letra muerta en papel mojado que nadie toma en cuenta. Si eso ocurrió cuando aún estaba vigente la ley seca, hay que imaginar con las manos cubriéndose los ojos lo que pasará desde el fin de semana que viene en la ciudad.

Las imágenes de las afueras de los boliches, particularmente de los que se encuentran en el centro de la ciudad, mostraban aglomeraciones impresionantes de personas esperando su turno para ingresar a los locales en tumultos donde con toda seguridad el virus pasa de unas a otras personas. Después, esos jovenzuelos irresponsables e inconscientes llevan el virus a sus casas y contagian a sus padres y abuelos, y muchos de ellos terminarán después en camas de terapias intensivas, intubados y probablemente morirán.

Es importante que las autoridades entiendan que si bien el avance de la vacuna ayuda, no es la solución en un país donde más de un tercio de la población se está mostrando reticente a colocarse la inyección por diversos miedos y creencias. Mientras el 100 por ciento de la población no esté vacunada, el peligro continuará circulando en el aire en forma de aerosol.

Por esa razón, si una tarea más útil debieran cumplir las autoridades locales y departamentales en el manejo de la pandemia en la región es promover campañas y actividades para convencer a la población a acudir a los centros de vacunación o recibir a las brigadas de vacunadores que se desplazarán a los barrios.

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