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15 de febrero de 2024, 4:00 AM
15 de febrero de 2024, 4:00 AM

Por: Stasiek Czaplicki Cabezas
Economista ambiental 

Ahora que el carnaval y el chaki de las festividades han pasado, es momento de abordar un tema ineludible: la escasez de dólares y, en última instancia, la devaluación del boliviano. En los últimos meses, la tasa de cambio efectiva ha aumentado de Bs 6,96 por dólar a Bs 8,40, dependiendo de dónde se los obtiene, si es posible obtenerlos. Aunque la tasa oficial permanece en Bs 6,96 por dólar, la escasez hace que los pocos dólares disponibles sean considerablemente más costosos. Esto se traduce en una pérdida del 20% del valor de los ahorros en bolivianos, algo inédito desde el 2008, pero que era recurrente en gobiernos anteriores. Además, marca un hito histórico para los exportadores, especialmente agroindustriales, que explicaré en esta columna y que desmonta la idea de que las exportaciones generan los dólares que tanto necesitamos.

Desde marzo de 2023 ha comenzado un período de escasez crónica de dólares en Bolivia, cuyo origen se remonta al déficit comercial iniciado en 2015. Desde entonces, importamos más de lo que exportamos en valor, aunque en menor medida se haya revertido ligeramente desde la recuperación económica post pandemia en 2021 y 2022. Este déficit ha erosionado las reservas internacionales del Banco Central de Bolivia, que se constituyen como las reservas comerciales en dólares y respaldo para el sistema financiero. 

En pocas palabras, como país, hemos gastado todos los dólares de lo que habíamos ahorrado durante la época de bonanza, que fue impulsada por las exportaciones de gas con el fin de solventar las importaciones.

 Aunque parezca contraintuitivo, en el contexto actual, mayores exportaciones como las ocurridas en el 2021 y 2022 no son suficientes para revertir la situación actual, principalmente debido a varios mecanismos y fenómenos que detallaré más adelante. Particularmente, tomando en cuenta que, la agroindustria (21,6%) es el tercer rubro de exportación, justo detrás del sector aurífero (22,1%) y de los hidrocarburos (22,7%). A lo largo de los años, el sector agroindustrial ha presionado para eliminar los cupos a las exportaciones, argumentando su contribución significativa a las divisas extranjeras esenciales para el desarrollo económico y la seguridad alimentaria. Sin embargo, esta narrativa requiere un análisis más crítico, ya que el ingreso de divisas por exportaciones agrícolas no se traduce automáticamente como un aumento de reservas internacionales.

La escasez de dólares se ve exacerbada por mecanismos gubernamentales que buscan incentivar la repatriación de dólares por parte de exportadores, pero que, paradójicamente, desincentivan este retorno, particularmente para el sector agroindustrial. 

Por un lado, se les permite revender los dólares directamente a importadores, sin pasar por el Banco Central, lo cual no ha tenido mucho éxito. Aquello ocurre, entre otros, mediante las denominadas mesas de dinero de divisas, instancias bancarias, en la que los exportadores e importadores se compran directamente los dólares por subastas. Ese mecanismo no está siendo muy exitoso, porque muchos exportadores prefieren guardar sus dólares fuera del país y están especulando que la tasa de cambio va a seguir aumentando, lo que les beneficiará más y a su vez exacerba la escasez de dólares. La estrategia es que están esperando que el boliviano se devalúe aún más y que, hasta mientras repatrien lo menos posible y que, si lo hacen, lo vendan al precio más alto posible. 

Por otro lado, frente a la devaluación actual, los exportadores aumentan sus préstamos en bolivianos ya que se benefician de préstamos con tasas de interés artificialmente bajas en bolivianos. Además, dichas deudas en bolivianos son saldadas con menos dólares y les permite reducir la cantidad de dólares que repatrian. Por ejemplo, la deuda promedio de una gran empresa agroindustrial supera los 1.000 millones de bolivianos, equivalentes a unos 143.6 millones de dólares al tipo de cambio oficial de 6.96. Con el dólar paralelo a más de 8.35, es decir, un 20% por encima del tipo de cambio oficial, al repatriar los dólares para pagar la deuda, se ahorran un 20%. Esto significa que, al tipo de cambio paralelo, solo necesitan repatriar 120 millones de dólares para saldar su deuda, ahorrándose 23 millones de dólares. 

Para acceder a aquellos prestamos, utilizan como garantía activos como inventarios, maquinaria y predios agrícolas, que están asociados, en muchos casos, a la deforestación y que han ido acumulando. Estas tasas, artificialmente bajas, son posibles gracias al financiamiento directo de nuestros fondos de pensiones, a través de la adquisición de bonos emitidos por los agroindustriales en la Bolsa de Boliviana de Valores. Pero, por, sobre todo, es posible gracias al financiamiento indirecto de nuestros fondos de pensiones, mediante la adquisición de depósitos a plazos fijos en los bancos, que son un tipo de préstamos que se realizan a los bancos y que, a su vez, luego, otorgan préstamos ‘’productivos’’ a las empresas. En ambos casos, las tasas fijadas son artificialmente bajas, menos del 5%, generando distorsiones en el sector y pérdida de valor en los rendimientos de las inversiones de nuestros fondos de pensión.

En todo caso, los exportadores reducen la cantidad de dólares repatriados, contribuyendo a la escasez del dólar y aumentando la presión para una mayor devaluación. Esto ha creado un ciclo peligroso que solo puede frenarse si el Gobierno encuentra nuevas fuentes estables y voluminosas de obtener dólares. Por ahora, las opciones de corto plazo son: a). La reventa en dólares del oro restante en las reservas; b). Obtener un megapréstamo de organismos multilaterales para la estabilización de la situación financiera. La primera opción solo pospone el problema y debilita aún más las reservas internacionales. La segunda conlleva riesgos gigantescos a la vista de las consecuencias de las medidas y condiciones que generan, como en el caso de los préstamos del FMI en Argentina.

A mediano plazo, las opciones adoptadas por el Gobierno son las mismas recetas que hasta ahora no han dado resultado, reducir las importaciones sustituyéndolas por producción nacional y aumentar las exportaciones reduciendo las cuotas de exportación del sector agroindustrial. A aquello, una medida que aún no ha sido considerada con seriedad, es el tomar medidas que pongan un alto al contrabando de oro en Bolivia, que representa el 40% de la producción nacional legal e ilegal y que sale del país sin contribuir a las reservas internacionales. En cambio, la medida que está tomando fuerza, en la opinión pública, es la de liberalizar completamente las exportaciones agroindustriales, que, como vimos, no generaría el beneficio esperado. Además, que conlleva riesgos significativos, ya que genera incentivos para sustituir cultivos destinados a la seguridad alimentaria, por cultivos más rentables, provocando un desabastecimiento y encarecimiento y posiblemente aumentando sus importaciones.

De paso, el aumento de las exportaciones agroindustriales, implican la potencial afectación a nuestras pensiones, el incremento de la deforestación ilegal y la desviación de recursos públicos hacia infraestructuras que benefician desproporcionadamente al sector agroexportador. También es importante considerar todos los subsidios que ya recibe el sector y que aumentarían, desde la subvención de los hidrocarburos hasta la exención de impuestos, reduciendo aún más los recursos destinados a nuestra salud y educación. 

Es crucial reconsiderar las políticas de expansión del sector agroindustrial y de las exportaciones, asegurando que contribuyan de manera sostenible y equitativa al bienestar del país y tomar medidas que sean efectivas para evitar una crisis del boliviano y sus terribles consecuencias, entre otras, la inflación y el cese de pagos de la deuda pública.

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