6 de septiembre de 2023, 4:00 AM
6 de septiembre de 2023, 4:00 AM


Hace algunos días, el presidente Luis Arce reconoció que desde 2014, en Bolivia se produjo una declinación en la producción de gas natural “que lamentablemente ha ido cayendo hasta tocar fondo. Hemos perdido muchas reservas durante todo ese tiempo, no se han repuesto esas reservas y el país, por lo tanto, no tiene la capacidad de producir más gas”, afirmó el mandatario, en una de las primeras ocasiones en las que de manera tan directa y clara pone en evidencia un problema muy complejo para nuestra economía. La preocupación del presidente está ampliamente justificada, aunque quizá debió exteriorizarse años antes, cuando muchos advertíamos del problema.

De producir más de 60 millones de metros cúbicos de gas por día en 2015, este año apenas alcanzamos los 37 millones, lo que ha generado la virtual pérdida del mercado argentino y serias dudas sobre la capacidad para cubrir la demanda brasileña. El conflicto es mayor ya que la electricidad que consume la industria, los hogares e incluso una parte del transporte vehicular en nuestro país necesita de esta fuente de energía.

Otro gran inconveniente tiene que ver con la estabilidad y el déficit fiscal, ya que la exportación de gas es una de las mayores fuentes de ingresos para el presupuesto nacional por impuestos, y departamental por regalías.
Más allá de las consideraciones técnicas y los efectos económicos, llamó la atención la reacción de algunos políticos que rápidamente buscaron culpables, y del Gobierno, que trató de minimizar la crisis, asegurando que ya está implementando un plan de exploración de 29 campos y anunciando el descubrimiento de nuevos reservorios con los que “hasta 2026” solucionará el desfase.

Una vez más, ante un asunto muy grave, la reacción de quienes tienen la responsabilidad de encontrar soluciones es superficial, coyuntural y dispersa, porque se enfoca en la controversia política, no considera la gravedad y la urgencia de la situación, pierde de vista la complejidad del escenario y, sobre todo, no avizora las oportunidades que se abren con esta crisis.

Desde una mirada más integral y menos sesgada, una primera constatación que debe entrar en el análisis es que el mundo va a seguir dependiendo de los combustibles fósiles por muchos años más, y que el gas va a tener un rol cada vez más importante. La transición hacia las energías alternativas es inevitable, pero va a necesitar décadas en ser una realidad global.

Una segunda definición es que Bolivia aún cuenta con reservas importantes y que el ciclo del gas no ha terminado. En 2018 un estudio de la empresa canadiense Sproule International certificó que nuestro país tiene 10,7 trillones de pies cúbicos de reservas probadas, 12,5 de reservas probables y 14,7 de reservas posibles. La visión de que se agotó el negocio del gas es parcial y poco realista, y aunque ahora estamos pagando las facturas de la imprevisión, es posible y necesario asumir medidas para recuperar el tiempo perdido.

Finalmente, debemos entender y aceptar que el Estado por sí solo no podrá solucionar el problema, y que hoy más que nunca debe abrirse a la inversión privada de calidad, como lo han hecho todas las naciones que requieren desarrollar industrias que demandan una gran cantidad de recursos y tecnología.

Es imprescindible encarar el problema desde una perspectiva integral, orientada por objetivos más pragmáticos que dogmáticos, que involucren la modificación de las leyes de Hidrocarburos y de Promoción de Inversiones, y la aprobación de normas de Arbitrajes y Conciliación que garanticen la protección de capitales. La captación de inversión extranjera directa, necesita de condiciones mínimas de seguridad jurídica que permitan disipar las dudas sobre la estabilidad y equilibrio de las políticas públicas bolivianas, pero también que aseguren que las empresas generen empleos de calidad, respeten el medioambiente y actúen con transparencia.

Se requiere también de un ajuste institucional de YPFB que lo convierta en una entidad más eficiente, despolitizada, moderna y confiable, dotada de un gobierno corporativo estable, dinámico y menos burocrático.

La caída de las reservas de gas es un problema grave para nuestra economía, pero también es una oportunidad para transformar las políticas públicas y la visión sobre la explotación de nuestras riquezas naturales, asegurando su sostenibilidad, promoviendo acuerdos comerciales beneficiosos para el país y garantizando que sirvan para la diversificación económica. Los errores y las dificultades materiales no son el fondo de los problemas, sino la falta de humildad para admitir lo que se hizo mal y la valentía para cambiar. Las riquezas bajo tierra no son riquezas, y no aprovecharlas es tan nocivo como la improvisación y el pesimismo.

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