30 de agosto de 2020, 5:00 AM
30 de agosto de 2020, 5:00 AM

Más de 114.000 personas son las que oficialmente han sido contagiadas con el virus del Covid-19 en Bolivia. De ellas fallecieron casi 5.000, probablemente muchas de ellas dejaron de existir por falta de una cama en terapia intensiva que cuente con un respirador, porque desde que este mal llegó al país se sabía que estos aparatos eran insuficientes; desde marzo que los Sedes, los médicos y la población en general pedían a gritos el equipamiento con estos equipos en los hospitales.

Si el mayor problema de este gobierno tiene un nombre, éste se llama respiradores. Primero por la compra fraudulenta que estaba haciendo la Agencia de Infraestructura en Salud y Equipamiento Médico (Aisem) de 500 ventiladores. Tenían un sobreprecio escandaloso, mientras que la intermediación del proceso de adquisición incorporaba métodos improvisados y nada profesionales, finalmente porque los equipos llegaron al país, pero no se contaba con el software que los iba a hacer funcionar. En síntesis, los famosos ventiladores están archivados en algún lado, mientras el país no logra recuperar el dinero y la presidenta no logra sacar la mancha oscura de la corrupción de su gobierno.

Posteriormente, hace doce días llegaron 200 respiradores donados por Estados Unidos. Llegaron cuando la pandemia azota de manera crítica a La Paz, cuando en Santa Cruz aún siguen faltando estos equipos y también en otras regiones del país. Sin embargo, la entrega se hace esperar. No se sabe ni cuántos serán dotados por departamento ni cuándo se los hará llegar a los sitios donde se los precisa con tanta urgencia.

No hay explicación para tanta lentitud en la entrega. Más bien parece un cálculo electoral, porque quizás los estrategas de Juntos creen que la entrega de respiradores le sumará puntos a la presidenta candidata. Lo que no entra en esa estrategia es la realidad; es decir que los aparatos son vitales en este momento, que su instalación en los centros covid puede salvar vidas y que la campaña no importa cuando de atacar al enemigo invisible se trata.

La otra gran interrogante es cómo se hará la distribución. De cuántos respiradores se está hablando para cada departamento. ¿Se hará por población? Sería lo correcto, aunque es probable que en esto también aparezca el dañino cálculo electoral.

No es muy complicado hacer lo que se debe. La palabra adecuada es eficiencia, lo que significa trazar un objetivo y cumplirlo. La meta prioritaria debería ser salvar la mayor cantidad posible de vidas. Para ello, es necesario imprimir celeridad en los procesos que permitan entregar los respiradores donados con rapidez y a los lugares donde más se los necesita. Cualquier otra consideración, ajena a la salud, es tóxica y no nos hace bien.

En tal sentido, es preciso comprender que la campaña electoral puede esperar, la vida no.

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