15 de enero de 2023, 4:00 AM
15 de enero de 2023, 4:00 AM


La multitudinaria marcha nacional exigiendo “democracia, justicia y libertad para los presos políticos”, debe constituir un freno a los abusos del gobierno de Luis Arce. El pueblo, titular de la soberanía, se ha volcado a las calles para hacerse escuchar y repudiar la vulneración y restricción de los derechos y las libertades ciudadanas. El secuestro del gobernador de Santa Cruz constituye la mayor afrenta que se puede hacer no solo a Santa Cruz, y su institucionalidad, sino también a los valores y principios de la democracia boliviana.

La democracia se identifica con una determinada forma de entender la legitimación y ejercicio del poder político, que surge en el seno del Estado Constitucional de Derecho. Esta forma de gobierno conjuga la soberanía popular y el pluralismo político con las libertades individuales y colectivas, el imperio de la ley y la división de poderes. Sin embargo, la democracia como sistema de organización de la convivencia política no se reduce sólo a la legitimidad de origen, sino que, a esa legitimidad de origen, se suma la legitimación de ejercicio, porque la democracia es también una respuesta a la pregunta de “cómo” se gobierna no sólo de “quién” gobierna. En los Estados socialista o comunista también hay elecciones periódicas, y no son democráticos.

Esta forma de gobierno significa ausencia de jefes, y equivale a autogobierno, a gobierno consentido y no impuesto por una voluntad ajena. El consentimiento de los gobernados es la fuente última de legitimación del poder, verificable fehacientemente mediante elecciones limpias, fiables y competitivas. Los gobernantes siempre deben tener presente que en democracia las formas, los modos, los procedimientos, los ritos, los gestos, las palabras, los mensajes, los silencios, son tan importantes como los contenidos. En realidad, no sólo se debe poner atención al reclamo ciudadano que se moviliza en las calles, sino fundamentalmente se tiene que escuchar a esa inmensa mayoría silenciosa que se queda en su centro de confort pero que tiene el poder de hacerse escuchar con el voto en las urnas.

La democracia política permite construir cualquier otra forma de democracia: social, económica, etc. La libertad de elegir en función de las preferencias ciudadanas es como se avanza hacia la igualdad y la justicia. Lo que cuenta es la libertad aquí y ahora, no la libertad prometida en un futuro paradisiaco, como la que prometieron los marxistas-leninista y los ideólogos del socialismo del siglo XXI. 

Los países en los que se han alcanzado mejores niveles de calidad democrática, libertad, igualdad, bienestar y prosperidad, son países democráticos. Y cuando se ha abandonado el camino de la tolerancia y la libertad, de la democracia y se ha tomado el camino del totalitarismo, populismo o el fanatismo, la dignidad humana ha sido pisoteada como ocurre en Venezuela, Nicaragua, entre otros. 

La democracia garantiza (o debe garantizar) los principios de libertad, igualdad y dignidad individual, ya que encarna o comporta en sí mismo la afirmación de ciertos valores sustanciales y universales: quien no crea en la igual dignidad básica de los seres humanos, sin excepción, difícilmente creerá en la democracia. Muy pocos se atreven a discutir seriamente el principio de que el poder último de decisión en materia política corresponde al pueblo en su conjunto, y cuando ya hemos avanzado más de dos décadas del nuevo siglo, la democracia goza de consenso y se ha convertido en una palabra honorable que todos invocan, aunque no todos la conciban ni la practiquen de la misma manera.

En las elecciones todas las opiniones valen exactamente lo mismo, todos tienen el mismo poder de decisión; esa igualdad encuentra su más alta expresión en el sufragio universal: un hombre, un voto, con independencia de su preparación, formación o capacidad económica. En todo tiempo y lugar, la democracia significa que el pueblo tiene el legítimo derecho de aceptar, cuestionar, reclamar, protestar o rechazar a los gobernantes. La historia de la democracia está llena de pequeñas miserias humanas, de imperfecciones, de frustraciones, de traiciones, pero la historia del fascismo, del comunismo, del totalitarismo, del populismo, es sencillamente un horror.