3 de febrero de 2023, 4:00 AM
3 de febrero de 2023, 4:00 AM


Existen espacios en la resistencia política del pueblo boliviano que ninguna violencia masista logra vencer. El primero es esa movida difusa pero activa y siempre presente que defino como “ciudadanía”; esa gente que sale una y otra vez a enfrentar los abusos. El segundo es el Comité Cívico de Santa Cruz, una de las pocas entidades que ha conseguido mantenerse unida en sus divergencias, mientras muchas otras sufren paralelismos oficiales o sumisiones clientelares.

La movida durante el primer semestre de 2016, más allá de los intereses particulares de algunos políticos, fue ante todo una rebeldía ciudadana, urbana, interclasista. La gente sentía una motivación para expresar muchos asuntos atorados. La lucha fue alegre: los memes, las bromas, los comentarios. Miles de iniciativas anónimas para decir “NO”.

El régimen y sus personajes represores no consiguieron en ningún momento competir con las risas. Al contrario, las declaraciones del propio amante de Gabriela Zapata o de sus competidores eran material para nuevas burlas. La cereza fueron las declaraciones sobre la “barriguita” de la entonces ministra Marianela Paco, tan floridas, que el propio entrevistador no podía disimular sus ganas de carcajear.

Había como una euforia compartida que anunciaba la derrota del Gobierno, seguramente con cifras mucho más altas que las maquilladas por el sistema oscuro del Tribunal Electoral. Los mensajes masistas fueron siempre de amenaza, de insulto, chicotes, escupitajos, patadas. La sonrisa espontánea no combina con su pensamiento.

También desbordó ciudadanía la resistencia a las evidentes irregularidades antes, durante y después de las elecciones de 2019. El ciudadano no necesitaba que llegue el informe de la OEA sobre los comicios para darse cuenta de que los datos que vio en su mesa o en su propio recinto electoral no aparecían en el recuento ficticio.

Otra vez, las redes con sus memes, las convocatorias, las canciones de los grupos juveniles, las bromas en las redes, los disfraces para imitar a las autoridades, la gente en las calles. Como ya dijimos, fue una revuelta territorial, horizontal y vertical y más allá de nuestras fronteras, inédita en nuestra historia.

La respuesta oficial fue otra vez la violencia, los autoatentados, los incendios, la convocatoria a la guerra civil, la orden de dejar sin alimentos a las ciudades. No podían competir con las composiciones de Marraqueta Blindada o de Luis Rico. Las muertes podrían haberse evitado si no hubiese habido el macabro plan de enfrentar a los bolivianos, como ahora sufren los peruanos. El octubre festivo fue convertido en un noviembre luctuoso.

Tampoco el Gobierno logró contrarrestar con creatividad las protestas de los médicos y sus originales estrategias. No consiguió que el heladero, la vecina, el abuelo, la señora apoyen a los organismos paralelos que intentaron crear.

En torno a los sucesivos cabildos cruceños, la masiva presencia ciudadana es seguramente lo que más fatiga a los organismos de represión. Ni cubanos ni venezolanos, mucho menos rusos o chinos, pueden dar consejos ciertos para neutralizar a esa movida. ¿Cómo lograr esa espontaneidad para las marchas del MAS? ¿Cómo conseguir al menos trescientos mil ciudadanos en torno a Luis Arce? ¿Por qué no reparten fichas? ¿Cuántos son funcionarios públicos? ¿Cuántos fueron traídos en buses desde otros departamentos?

Esta semana, la movida fue para apoyar la firma de libros con el objetivo de encontrar un camino para reformar el podrido Poder Judicial. Otra vez, los insultos y las amenazas. Pero la gente hace largas colas, firma e intenta aportar un poquito.

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