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“Un nuevo modelo económico donde el productor sea incentivado y protegido por el Estado, es necesario; veo preocupante la situación de Bolivia en cuanto a alternativas económicas de aquí en adelante; las leyes deberían premiar las actividades productivas y renovables que generan empleo, como la agricultura, piscicultura y ganadería, tal como hacen otros gobiernos; garantizar precios al agricultor pero dejar libre la exportación; que el Gobierno acoja a los agricultores y los ganaderos, que dé condiciones para que el capital extranjero venga a invertir en vez de que se vaya”, me dijo un inversionista brasileño -productor agrícola en Santa Cruz- de profesión economista y amigo, además.

Para él, dar seguridad a la inversión, valorizar la producción nacional, brindar alternativas de financiamiento, permitir que se use la agrobiotecnología, bajar la burocracia, garantizar la libertad de trabajar y producir, es la clave, pues, cuando el agro empieza a crecer, no para y seguirá creciendo. “El mundo precisa alimentos, ahora mismo falta comida y el pronóstico es que se necesitará más y más, a futuro. No se puede seguir pensando en gas o minería porque no son renovables -tienen su ciclo y desaparecen- no dan estabilidad para generar riqueza porque no producen nada nuevo, el extractivismo no garantiza empleos ni bienestar para toda la población”, reflexionó.

Añadió que garantizar el derecho propietario a quien produce la tierra cambiaría la situación de Bolivia -la haría fuerte, independiente y productiva- porque la agricultura no solo sirve para alimentar sino para generar bioenergía -biocombustibles, biogás- con cultivos de rotación con la soya. Dijo que Bolivia tiene una de las mejores tierras para la producción, pero al mismo tiempo, una de las peores condiciones para hacerlo. “Integrar la agricultura, con ganadería y forestería, cuida el bosque; la actividad se hace sostenible porque el agro ayuda a la ganadería y viceversa, al mismo tiempo que las plantaciones forestales con fines industriales aportan. Bolivia está perdiendo tiempo. Paraguay avanza, está haciendo bien las cosas y mucha gente está yendo ahí”, añadió.

Frente al hecho de que la balanza comercial de hidrocarburos se deterioró tanto que el país está a punto de importar más de lo que exporta, dijo que el problema es que Bolivia no tiene la tecnología para producir petróleo y depende del capital extranjero. Pero, una política sencilla podría ser dejar al agricultor que genere su propia energía, con pequeñas fábricas de biodiésel, lo que ayudaría a bajar la importación de diésel fósil.

“Hay que incentivar que el agro crezca más; parar la invasión de predios productivos, el avasallamiento a la inversión, la inseguridad en el campo y el contrabando de maíz transgénico que no nos dejan producir; la gente está pensando irse”, dijo.

Recomendó no improvisar y apoyarse en los que saben; brindar mejores condiciones a la banca, cooperativas e industrias para que financien; apoyar con técnicos agrícolas que digan cómo, cuándo y qué conviene sembrar. “Si se deja utilizar biotecnología en el agro se podría hacer maravillas, habría un boom económico gracias a una revolución agrícola: en un año se vería el cambio en soya, algodón, maíz, caña. Las posibilidades son increíbles. Sin deforestar ni tumbar un árbol en Beni, por ejemplo, solo desmontando tierras improductivas, sin afectar al medioambiente -sumado al esfuerzo cruceño- Bolivia se convertiría en un gran país agroexportador hasta el 2025”.

“Hay mucha gente endeudada, saben sembrar, pero no salen del pozo, precisan apoyo; los pequeños son los que más pierden; si en vez de sacar menos de 2 toneladas de soya por hectárea sacaran 3, facilito salen de su deuda, se capitalizan y pueden reinvertir, con tecnología y financiamiento se puede –pero- no hay certeza a futuro”, dice este productor brasileño que trabaja 27 años en el país -con esposa boliviana e hijos nacidos acá- dolido, porque si las cosas no cambian para bien, piensa emigrar…

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