10 de julio de 2023, 4:00 AM
10 de julio de 2023, 4:00 AM

El 1 de noviembre de 1979, Alberto Natush Busch encabezó un golpe de Estado para derrocar al presidente Wálter Guevara Arze. En ese entonces, la Central Obrera Boliviana, dirigida por Juan Lechín Oquendo, declaró una huelga general e indefinida hasta provocar la caída del dictador. Esa era la gloriosa COB que se puso frente a los tanques militares para defender la democracia.

El 17 de julio de 1980, Luis García Meza volvió a interrumpir el proceso democrático y, como aún se recuerda con dolor, un grupo de paramilitares irrumpió en oficinas de la COB, donde se encontraba reunido el Consejo de Defensa de la Democracia (Conade); dispararon contra Marcelo Quiroga Santa Cruz, secuestraron, torturaron y asesinaron al líder socialista. En ese capítulo negro de la historia, la COB escribió páginas heroicas, con resistencia, exilio y dolor, pero fiel a la democracia.

En septiembre de 1982, bajo la dirección de Juan Lechín y Víctor López Arias, la COB decretó una nueva huelga general para forzar a Guido Vildoso Calderón a que convoque al Congreso elegido en 1980 y que garantice la restitución de la democracia.

En noviembre de 1985, la COB, dirigida por Simón Reyes y con fuerte influencia de Filemón Escóbar, dirigió la marcha por la vida para resistir la relocalización de miles de trabajadores mineros a consecuencia de una irreversible caída de los precios internacionales del estaño. La marcha fue disuelta en plena carretera ante la amenaza de un inminente enfrentamiento con fuerzas militares.

Durante los primeros 20 años de vida democrática, los presidentes Paz Estenssoro, Paz Zamora, Sánchez de Lozada y Hugo Banzer dictaron varios estados de sitio y los dirigentes sindicales tuvieron que ponerse a buen recaudo o soportar confinamientos en cuarteles y poblaciones alejadas. Asumían el alto costo de representar a su sector, pero no negociaban sus principios.

A riesgo de incurrir en alguna involuntaria omisión, es pertinente recordar el aporte a la historia de personajes como los ya mencionados Juan Lechín, Víctor López y Simón Reyes, a los que se añaden Oscar Salas Moya y Edgar ‘Huracán’ Ramírez. Todos tuvieron aciertos y errores, pero, ante todo, demostraron firmes convicciones. Difícilmente, dirigentes de esa talla hubieran aceptado regalos de cualquier Gobierno.

Adicionalmente, es justo reconocer el legado de Huracán Ramírez, quien dedicó los últimos años de su vida a recuperar cientos de miles de documentos de los archivos de la Comibol y de las empresas que pertenecieron a Patiño, Hochschild y Aramayo, logrando consolidar un archivo de gran valor histórico.

Gran diferencia con la COB de ahora, dirigida por Juan Carlos Huarachi, que hasta la fecha ha recibido más de 30 vehículos, un hotel y un edificio, además de otros beneficios. A ello se debe añadir el papel que Huarachi cumplió en la crisis política de 2019. En ese entonces, el número uno de la COB convocó a una conferencia de prensa para pedir la renuncia de Evo Morales.

Las últimas revelaciones de parlamentarios masistas sobre las órdenes impartidas por Evo Morales en 2019 ponen nuevamente en entredicho la conducta del dirigente Huarachi, quien siempre ha respondido con evasivas a las consultas sobre quién le ordenó que exija la renuncia del presidente.

La historia demuestra con sobrados ejemplos que la democracia se nutre con la lucha de actores fundamentales como son las organizaciones sindicales. La COB, antes, ahora y siempre, debe estar al lado de los trabajadores y mantenerse distante del poder. Pero, definitivamente, la COB de hoy no es ni la sombra de su pasado.

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