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31 de mayo de 2024, 4:00 AM
31 de mayo de 2024, 4:00 AM



Hernán Terrazas / periodista


Finalmente, el presidente Luis Arce reconoció que no hay dólares. Después de muchas idas y vueltas, de desmentidos y búsqueda de culpables, habrá que tomar ahora la admisión presidencial como definitiva: el problema existe y todavía no hay una solución, digan lo que digan los funcionarios del ministerio de Economía.

Si algo le ha faltado al gobierno en un tema tan sensible, es credibilidad. Los cambios de opinión y línea han sido permanentes. En lugar de buscar salidas, lo que se ha buscado, cuándo no, son enemigos, al extremo que en algún momento se dijo que la crisis era un invento de conspiradores.

La sinceridad presidencial tiene sus límites. Primero dice que no hay plata, ni gas, luego sus colaboradores lo desmienten, más tarde admite que la escasez de dólares es una dificultad, pero asegura que no hay problemas estructurales en la economía.

Todo esto podría definirse como una suerte de ensalada de contradicciones. ¿Si ya no queda gas para exportar, ni plata para pagar las deudas, no estamos acaso ante un problema estructural y, por lo tanto, sin eufemismos, antes una crisis económica?

Con la política pasa lo mismo. Se habla de golpe “blando”, lo cual posiblemente deba interpretarse como un “golpecito”, un “pellizco” conspirador. Los términos utilizados dan lugar a múltiples interpretaciones, pero no bastan para identificar a ningún culpable.

Anda tan desgastado el “golpe”, que ha perdido toda eficacia como argumento. Además, según la narrativa presidencial y ajustando un poquito más la puntería, Evo Morales habría pasado de “golpeado” a “golpeador”, en su supuesto afán de “acortar el mandato” de su ex colaborador.

En tiempo de campaña, el posicionamiento importa. Tal vez por eso, el gobierno, a través de su ministro Eduardo del Castillo, quiere ubicar al MAS/Arce entre los extremos, el de una supuesta derecha que está siempre al acecho y el de los radicales partidarios que quieren volver al poder a como dé lugar. 

Es decir que el presidente/candidato supuestamente paga caro el precio de ubicarse en el centro.

Vivimos un tiempo de crisis de las palabras. La incredulidad es norma y cualquier discurso está bajo sospecha, porque se agotan o carecen de veracidad los argumentos con los que se pretende explicar las cosas.
Y cuando las palabras dejan de reflejar la realidad se hace necesario un nuevo “cuento”, más cercano a lo que la gente siente y piensa. Esa es una de las tareas pendientes. Mientras tanto, solo el silencio.