25 de febrero de 2022, 4:00 AM
25 de febrero de 2022, 4:00 AM


No es normal creer que la inestabilidad es parte de nuestras vidas. No es normal aceptar que las crisis conviven con nosotros y, por lo tanto, debemos aceptarla. No es normal que la incertidumbre dibuje nuestro camino de vida. No es normal que aceptemos como válido que en nuestro país y en nuestra sociedad nada sea previsible y el cambio constante de las reglas de juego y la sensación diaria de inestabilidad conspiren contra nuestra planificación, ahorro de energía, el entusiasmo y ganas de progresar y de generar bienestar siempre estén en riesgo. ¡No es normal!

Esta vida esmirriada lo único que provoca en nuestra forma de concebir el futuro es la de acceder siempre a sueños rotos, a una permanente frustración y desánimo que afectan la solidez de nuestro tejido social. Es un sálvese quien pueda.
El consumo de noticias negativas -y a las que nos acostumbramos a diario sin darnos cuenta- dañan nuestra psiquis y el pesimismo se apodera de nuestra manera de vivir.

Construimos pesares y desgracias en nuestras espaldas. Tampoco se trata de negar una realidad, pero sí la de acceder a ciertas certezas de que se está trabajando para revertir estos escenarios tan negativos.

El cambio constante en las reglas de juego y la sensación cotidiana de inestabilidad conspiran contra la planificación, pero también contra el entusiasmo, la pasión y las ganas de superación. La corrupción es uno de los aceleradores más eficientes contra el emprendedurismo, desalientan el trabajo legal. Decapitan la formalidad. Son un puñetazo en el estómago a los honestos en este país.

No es normal. No podemos decirnos a nosotros mismos que este es un país donde nada es seguro ni previsible, en el que todas las variables -inevitablemente- navegan a la deriva y el horizonte es negativo y que se nos viene encima como una mazamorra imposible de sortear. El Estado, en lugar de brindarnos certidumbre y seguridad, es una piraña que hoy muerde al vecino y mañana te arrancará un pedazo a ti.

Vivimos en sobresaltos porque no tenemos dinero, contactos o amigos en el poder que nos libren de los abusos de la justicia, de la Policía, de los contrabandistas, de los micreros extorsivos, de los políticos, de los ladronzuelos de turno y de una sarta de sátrapas que detentan poder. Aunque sea un pequeño poder, para acometer abusos.

Esta sensación de indefensión alimenta un pesimismo colectivo que nubla nuestra visión sobre el futuro. Que incluso llega a negar la existencia de uno posible. Ninguna familia puede proyectar su futuro con tranquilidad y ningún joven profesional o estudiante universitario encuentra un mínimo sentido de coherencia entre ser profesional o dedicarse a un trabajo informal que el reditúe dinero fácil. Esta generación será recordada como la que menos oportunidades tuvo para acceder a trabajos formales y con aspiración. La generación que no tuvo el apoyo y las oportunidades para progresar. La generación a la que no se le brindó certidumbre en su futuro mediato. Si no me cree, vea a los tiktokeros narcos: jóvenes pisando coca, farseando fajos de dinero, autos de lujo. Toda una generación chapareña contaminada por la droga, sin futuro.

No es normal que nos levantemos todos los días sabiendo que estas ilegalidades institucionalizadas nos roban nuestro esfuerzo y que, al final del día, no sepamos cuánto vale nuestro trabajo o si valió la pena ser formal en este país.

Esta cultura de la crisis, sin duda alguna, erosiona, dinamita, carcome todas las posibilidades de estabilidad, de previsibilidad, de orden, de bienestar social. Revienta por los aires cualquier posibilidad de armonía social. Muchos nos preguntamos si tiene algún sentido aportar legalmente a este país, por lo menos desde nuestra fuente diaria de trabajo. ¿Vale la pena? ¿A sabiendas que la informalidad, el narco, la inseguridad, el abuso de poder, la corrupción vendrá por ti y por tus sueños? La incertidumbre devora nuestras energías y desvía nuestra creatividad. Concentramos nuestro ingenio en perder lo menos posible y no en la ambición sana de crecer en todos los sentidos.

Nos ponemos todo el tiempo a la defensiva, sin saber por dónde vendrá el manotazo. Los que tienen un capital legal y honesto que proteger están más pendientes de encontrar un salvavidas que de seguir invirtiendo. Es una cultura enfermiza estimulada desde el poder mediante una ideología patológica que aviva los resentimientos más primitivos. ¡Y eso no es normal!

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