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14 de abril de 2024, 4:00 AM
14 de abril de 2024, 4:00 AM

Lluís Pastor

No tenemos un problema con la formación. Tenemos un problema con el talento y el desempeño de futuros profesionales en una sociedad digitalizada. Hay que tener en cuenta que tanto en Bolivia como en el resto del mundo la sociedad que nos espera va a ser más compleja que las anteriores y que las personas van a compartir el mercado de trabajo no solo con máquinas que realizan operaciones que antes hacían personas (eso hace décadas que pasa), sino con nuevas situaciones que van a modificar las reglas del mercado laboral.

Por esa razón, las personas tienen que estar más formadas de lo que lo han estado nunca. Y para que eso suceda hay que cambiar los modelos formativos que hemos usado durante décadas, para adaptarlos a una nueva realidad digital y para incrementar la motivación de los estudiantes para aprender. Porque, digámoslo claro, los sistemas de aprendizaje de la lección dictada en una clase presencial (o en una “call” virtual) no se han adaptado a la nueva realidad de los jóvenes y adultos del siglo XXI. En España, dos de cada 10 jóvenes no terminan la enseñanza obligatoria (hasta los 16 años). No creo que en Bolivia la situación sea distinta.

Hay que ajustar los modelos de aprendizaje a las nuevas realidades en Bolivia y en el mundo para generar oportunidades de futuro a todos los ciudadanos. Eso significa cambiar en muchos casos los modelos de aprendizaje, los objetivos y los canales de esa formación. Pero antes de implicarse en la generación de esos nuevos modelos tratemos tres cuestiones principales.

Uno. Aprender es una actividad libre. No se puede obligar a nadie a aprender. Aprender es un verbo que muestra la máxima libertad individual. No puedes aplicar el imperativo “¡Aprende!” a nadie. La cosa no va así. Para que eso suceda la persona tiene que entender el propósito que guía a su formación. Si tiene claro ese propósito será más sencillo que se sienta motivado en aprender. En caso contrario, que suele ser el caso más común, los modelos de aprendizaje tienen que ser suficientemente atractivos para que la persona se sienta motivada desde fuera. Hacer que un modelo sea motivador no significa que no tenga una alta calidad. Todo lo contrario. Un modelo motivador se ajusta a las necesidades del estudiante y provoca en él una mejora de su rendimiento. Motivar no es entretener; motivar es sacar la mejor versión de cada uno de nosotros.

Dos. El aprendizaje no cae por su propio peso, sino que requiere que el estudiante dedique tiempo y atención a un asunto. Esa es la ecuación del aprendizaje: “Aprender = Tiempo + Atención”. Si un estudiante no dedica tiempo al estudio no será capaz de lograr su objetivo de aprendizaje. Lo mismo sucede, incrementado, si no dedica la atención suficiente. En nuestra sociedad de la prisa y de la escasez de la atención, parece cada vez más difícil que las personas dediquen un tiempo para asimilar los aprendizajes y la atención necesaria para captar el sentido de ese aprendizaje.

Tres. En el aprendizaje, personas que saben guían a personas que quieren saber a que logren sus objetivos. El aprendizaje, para aquellos que no tienen una motivación profunda que les haga conocer por su cuenta, es un proceso en el que personas ayudan a personas, en el que personas (los profesores, los expertos, los “coaches”) hacen crecer a otras personas (los estudiantes, los trabajadores). No hay que olvidar en los nuevos modelos formativos que podamos imaginar esa variable en la que personas guían a personas (aunque el resultado de esa guía pueda acabar siendo una inteligencia artificial entrenada para tal tarea) sigue siendo fundamental. Lo que hay que repensar también es el modelo de guía.

La cuestión, por lo tanto, no es simplemente innovar en el aprendizaje, sino hacer más eficientes y eficaces los procesos para que las personas aprendan más, no abandonen por el camino y alcancen sus objetivos profesionales. Eso, al final, mejora y enriquece a la sociedad entera.

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