8 de julio de 2022, 4:00 AM
8 de julio de 2022, 4:00 AM


La vecina Argentina está atravesando por uno de los peores momentos de inestabilidad de su moneda desde el estallido de la crisis en 2001. En la última semana el peso argentino sufrió dos fuertes devaluaciones que llevaron la cotización a una depreciación del 15 por ciento y un piso histórico de 280 unidades por cada dólar en el mercado informal, donde se mueve el denominado ‘dólar blue’.

Cuando en medio de la crisis renuncia el ministro de Economía de un país, como ocurrió en este caso con Martín Guzmán, en Argentina, es que la situación ha llegado a extremos insostenibles donde ya ni siquiera parece importar la señal negativa que se da en medio del caos por la partida del hombre clave de las finanzas.

En su lugar asumió la economista Silvina Batakis, quien hasta ahora ocupaba el puesto de secretaria de Provincias del Ministerio del Interior desde diciembre de 2019, cuando Alberto Fernández llegó al poder.

Con ella en el Ministerio de Economía, Argentina intentará una vez más frenar la incontenible ola inflacionaria y reducir la enorme carga fiscal del Estado por subsidios de un país que necesita equilibrar urgentemente las cuentas públicas.

Batakis anunció que quiere destinar los pesos de la economía argentina para mejorar la actividad económica, crear puestos de trabajo, revalorizar la moneda y avanzar rápidamente con la disminución de los subsidios con un programa que tenga una protección para quienes más lo necesitan.

El vecino país necesita hacer ajustes en la administración tributaria porque tiene una economía informal muy fuerte, así como incentivar a sus empresarios a que exporten más para generar ingreso de divisas al país.

Argentina tiene que lidiar a la vez con un riguroso programa de vencimientos de financiamientos externos con los que hay que cumplir, particularmente con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

En lo que se relaciona con Bolivia, el impacto más directo e inmediato de la crisis argentina se vive en las fronteras y en los mercados de consumo de prácticamente todas las ciudades del país. Si antes de la caída del peso frente al dólar los productos argentinos de contrabando inundaban fronteras y centros de consumo, se prevé que ahora ese cuadro tendrá un carácter aún más dramático en perjuicio de la producción nacional.

Ya se sabe la naturaleza del problema: los productos que ingresan de contrabando de un país con el dólar en las nubes siempre serán más baratos que los nacionales por ese efecto y porque al ingresar por las fronteras no pagan ningún tipo de impuestos, como sí tienen los productos bolivianos.

Así, y sin un control adecuado por parte de las autoridades, no hay industria nacional que sobreviva, ni aquí ni en ningún lugar del mundo. Hasta ahora, el Gobierno ha preferido mirar a otro lado cuando se habla de contrabando o lo que se ha hecho para combatirlo es muy poco.

También ha mostrado una resistencia tenaz a aplicar medidas estructurales como una flexibilización del tipo de cambio del boliviano frente al dólar o considerar alguna reducción impositiva, que de aprobarse permitiría a los productores recuperar cierta competitividad de la industria boliviana. Así, el efecto inmediato sería la reducción del contrabando.

No es suficiente con repetir que la economía boliviana está blindada, cosa que también es cuestionable dada la caída abrupta de las reservas internacionales y la reducción de los ingresos del Estado. La amenaza está ahí y de una manera cada vez más evidente.

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