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12 de abril de 2023, 4:00 AM
12 de abril de 2023, 4:00 AM

Por Carlos Jahnsen, doctor en Economía

A la economía de Bolivia le falta poco para estrellarse contra un muro, el que marca el límite del Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP). Por ello asombra que los políticos que tienen el timón del gobierno en sus manos se replieguen, en medio de un proceso de extinción política, cada vez más hacia la ideologización de éste, dorando su fracaso con discursos sin contenido. Es su otro muro, el mental. Pero el imperialismo de su pensamiento ideológico es una cosa y la realidad de los mercados es otra muy distinta.

Sustituir el mundo real de la economía internacional en general y de Bolivia en especial por modelos ideológicos en los que, según estos ideólogos de la pobreza, su recalcitrante estatismo dice resolver los agudos problemas estructurales existentes, es altamente dudoso.

Lo peor es el hecho de que, si los supuestos en los que se basa su modelo económico seguirían siendo suficientemente coherentes con la realidad, como ser el de poder reasignar los recursos para una industrialización por medio de los excedentes de los recursos naturales y el mercado interno, es en verdad irrelevante tanto para el presidente como su ministro de Finanzas.

La realidad nos muestra que los principales excedentes del gas se acaban y se transforman los mercados hacia donde aún se exportan en volúmenes decrecientes. Eso es economía de mercado, ese es el juego entre oferta y demanda, entre precios y cantidades, bajo la que también el modelo económico aplicado en Bolivia está sometido, así el Gobierno trate de demostrar lo contrario. Por lo tanto es un modelo sin su médula central, sin excedentes, Mientras a la realidad se la pueda retorcer hasta que quede coherente con su ideología, su mundo está en orden y Bolivia está desarrollada.

El Titanic se estrella contra un iceberg y ambos, junto a su ala masista, cantan la oda al socialismo. No terminan de comprender que el desarrollo económico es únicamente posible a través de una adaptación de la economía real a las condiciones del mercado mundial, específicamente, de una conquista de los mercados de exportaciones. Requiere necesariamente de inversiones y exportaciones masivas. No terminan de comprender que así se oculten detrás de su MESCP, la economía de Bolivia actúa bajo las condiciones de funcionamiento del mercado internacional capitalista liberal. Por lo tanto, la balanza de capitales siempre domina a la balanza de la cuenta corriente.

No existen respuestas de política económica que sean viables y sostenibles para superar efectivamente, por ejemplo, la situación de pobreza creciente, la desocupación y falta de perspectivas para la juventud, la falta de inversiones, el déficit fiscal, la dramática pérdida de reservas internacionales, reducidas hoy en día a su mínima expresión. Menos aun para defender la tasa de cambio vigente, a no ser que practiquen medidas de control de capitales -como ya lo hace el Banco Central-, y las subvenciones a los combustibles importados, que en parte salen de contrabando a países vecinos. La oposición política, a su vez, es incapaz de fiscalizar y presentar alternativas viables a las pésimas políticas públicas.

Por el contrario, crecen las expectativas de devaluación y la desconfianza. Y si no hay un cambio o giro en esta apuesta, se asoma en el horizonte una crisis de la balanza de pagos. La verdad es que Bolivia tiene presidente y ministro de Finanzas solo para la foto populista engañosa, pero no para enfrentar la crisis económica de manera efectiva, crisis que su propia política económica germinó desde el año 2014.

Proyectos de industrialización en el marco de una estrategia históricamente fallida de sustitución de importaciones, en proceso de implementación, como la Planta Separadora de Zinc, el Proyecto del Mutún, la nueva Planta de Fertilizantes NPK, la Planta de Biodiésel, la producción a mayor escala de carbonato de litio, entregado a China y sus concentrados, son intentos de revertir su fracaso. Intentos que probablemente desemboquen en la ya conocida corrupción, pésima gestión y un mayor déficit fiscal.

Estos proyectos, de llegar a su madurez y funcionamiento, serán los que entreguen sus excedentes al Estado. La nueva vorágine y la ilusión de desarrollo comenzará, hasta que los excedentes apropiados terminen malgastados y dilapidados. Conociendo la ya larga trayectoria de robo, saqueo y despilfarro del gobierno del MAS, nadie puede garantizar que estos proyectos podrían ser mejores, manejados profesional e íntegramente, capaz de generar excedentes para la economía y sociedad. ¿Cuántos diez miles de millones de dólares más de despilfarro y robo son necesarios para que los aprendices de desarrollo económico reconozcan que el estigma aún es cierto, que los comunitarios izquierdistas del siglo XXI no saben manejar ni el dinero, ni la economía?

En el libro de Arce Catacora “El Modelo Económico Social Comunitario Productivo Boliviano” se lee en la página 201: “En efecto, el nuevo MESCP es esencialmente un modelo redistribuidor del ingreso, donde el Estado tiene la tarea de redistribuir el excedente económico apropiado (…), para impulsar la producción (…), la industrialización de los recursos naturales,(…). (…) este proceso redistributivo va a fortalecer la demanda agregada interna del país (…) en la tarea de la generación de crecimiento y desarrollo económico en nuestro país.”

La realidad en 2023, después de 16 años de gobierno del MAS y de un empujón inicial, y considerando el efecto de la pandemia y la actividad económica después de ésa, es que Bolivia está estancada. Bolivia sigue subdesarrollada y débilmente industrializada, es la más subdesarrollada de Sudamérica -en eso le gana a Guyana-, con el más bajo ingreso per cápita. Una realidad que no se puede atribuir al “imperialismo de occidente”, sino más bien al despilfarro, a la mala gestión y al robo de los más de 90 mil millones de dólares de ingresos en la época de bonanza entre 2007 y 2014.

La de Bolivia es una economía dependiente de la explotación de recursos naturales y consumidora de productos de economías más desarrolladas. La participación del Estado en la economía boliviana se la prioriza contra la inversión privada. La industria está rezagada: entre 2010-2019, el Producto Interno Bruto de la industria manufacturera fue, en promedio, de 4.39%. Es un país de importaciones superavitarias, tiene déficit en la cuenta corriente desde 2014, con alguna excepción. Por lo tanto, sigue siendo un país deudor con una moneda tendencialmente sobrevalorada.

Si bien es una economía estable desde la implementación del DS 21060, no es contratable a nivel internacional y ahora más que nunca su estabilidad depende de propuestas de préstamos multilaterales y bilaterales, de unos 800 millones de dólares, para evitar la explosión de la crisis de liquidez. ¡El sistema capitalista le dará oxígeno al paciente que sufre de infarto comunitario productivo!

Inversiones del sector privado, así como inversiones extranjeras directas son irrelevantes para un desarrollo económico. De 2006 a 2021, la inversión privada, incluida la inversión local y extranjera, representó un promedio del 7% del PIB. La inversión pública creció a una tasa mayor, alcanzando una anual media del 12% del PIB. La “Suiza de Sudamérica” de García Linera y otros sonámbulos masistas solo existe en su fantasía desubicada y con mayor probabilidad en sus cuentas de ahorro en dólares.

La situación económica es dramática y la data vence a la narrativa ideológica arcista-masista. Las reservas internacionales de Bolivia se agotaron por una combinación de un gran déficit fiscal sostenido monetizado por el Banco Central. El control de capital de facto, con la prohibición de la venta de dólares y venta directa del Banco Central a goteo, salva al Gobierno de Arce temporalmente de un descalabro monetario, y él lo sabe. La situación económica-monetaria se puede resumir de esta manera: Arce Catacora y su gobierno se estrellaron contra el muro de su propia miseria política económica.

Arce busca desesperadamente su sobrevivencia política y la de su modelo hasta las elecciones generales de 2025.

Tiene pocos caminos para ello, la deuda externa multilateral o bilateral. O en último caso, meter la mano al Fondo de Jubilación, rifándolo. Hasta entonces él le debe poner a diario una vela a Xi, el Premier de China, para que la inversión china en el Salar de Uyuni le dé muy pronto los primeros réditos para mantener la nariz de su modelo encima del agua.

Si no toma las medidas fiscales correctas y si no deja de ver al mercado internacional como enemigo natural de su ideología, la crisis de liquidez se convertirá en una cambiaria e inflacionaria, llevando a Bolivia a una crisis de solvencia. De empeorar la crisis, políticamente hablando, este Gobierno no tiene más alternativa que la de convertirse en una dictadura tipo Nicaragua, quemando a una generación y hundiendo a la paupérrima oposición política y a Bolivia en la miseria.

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