El Deber logo
12 de junio de 2023, 4:00 AM
12 de junio de 2023, 4:00 AM


Los representantes de la Cámara del Libro de Santa Cruz informaron que la 24° versión de la Feria Internacional del Libro también ha sido exitosa no solo por su organización, crecimiento exponencial (en espacio y oferta) sino también por la asistencia masiva del público, la comercialización, venta y exposición de la industria editorial regional y nacional. 

Con la finalidad de democratizar y salvar el mundo de las ideas, se han institucionalizado las Ferias del Libro, como un escenario cultural privilegiado con miles de actividades: mesas redondas, conferencias, cursos, presentaciones de libros, debates, propuestas para jóvenes, niños, celebraciones, homenajes y mucho más. Todo esto abunda en el evento cruceño y se espera que tenga efectos multiplicadores en el ámbito cultural.

El objetivo de las Ferias es lograr que las editoriales, los distribuidores, los editores, los escritores, los libreros, los promotores de la lectura, entre otros, encuentren un ambiente idóneo, y a un público ávido de conocer a sus autores y adquirir las novedades más recientes del mercado. Este espacio resulta fundamental para cultivar y enriquecer los conocimientos históricos, filosóficos y científicos en constante evolución, así como el fomento de la exploración de nuevas formas artísticas y literarias y de la investigación en todos los campos del saber. Hay que recordar que la literatura enriquece la vida, mejora a las personas y constituye el sustento y motor de la civilización. 

La Feria Internacional del Libro de Santa Cruz se constituye en un extraordinario festival cultural. La literatura es la columna vertebral, con un nutrido programa en el que participan autores nacionales e internacionales, y existen los ambientes y espacios físicos para la discusión académica de los grandes temas que cruzan nuestra actualidad.

 Todos los días el público escucha a sus autores preferidos; la industria del libro convierte a Santa Cruz en el epicentro cultural, y la ciudad se llena de expresiones que cultivan el alma y se cambia la rutina cruceña por diez días.

Es verdad, no obstante, que este cambio de rutina dura pocos días en Santa Cruz, porque en general se impone lo que Mario Vargas Llosa, denomina la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información (siempre hay excepciones) prolifera el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo. La locomotora de la economía muestra una cierta decadencia cultural, pese a tener casi cuatro millones de habitantes, la tasa de crecimiento económico más alta de Bolivia, aporta más del 40% de la recaudación impositiva al Tesoro Nacional, y ofrece un universo de posibilidades para los emprendedores, etc.

El éxito de la Feria del Libro, contrasta con esta suerte de “apagón cultural”, que amenaza el cierre de las pocas librerías que existen. La muestra ferial, en este contexto, no es sinónimo de una población con “alta cultura”, menos que se encargue de la promoción y revalorización de la cultura en general, sino un lugar, un espacio, una vitrina más pero tan fugaz como las ráfagas frías en medio de las altas temperaturas que caracterizan el oriente boliviano.
La Feria sirve también para denunciar la industria delictiva de las fotocopiadoras, los piratas que plagian los libros y los comercializan a plena luz del día, la falta de consumidores de libros, y la irracionalidad de la oficina de impuestos internos que tiene a las editoriales y a las pocas librerías en la mira. Con voluntad política se puede combatir a las fotocopiadoras, a los piratas que tienen sus imprentas en el eje troncal (El Alto, Cochabamba y Santa Cruz), y se puede imponer la racionalidad impositiva con ajustes en el código tributario; sin embargo, lo que parece casi misión imposible de resolver es cómo universalizar y cultivar la lectura y el comercio legal de los libros. 

En todo este quehacer es imprescindible el respeto al derecho de autor, para mantener la creatividad, el culto a las ideas y a la inteligencia. Un mundo en el que no se cultive la inteligencia, porque no hay un flujo y reflujo sistemático de ideas, se convierte en un verdadero desierto cultural, donde nada florece y el hombre no sería nada diferente a una “naturaleza muerta”.