Opinión

La fiesta de los chivos

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31 de diciembre de 2019, 3:00 AM
31 de diciembre de 2019, 3:00 AM

Texto: Oscar Serrate

Trujillo había sido mortal. Vargas Llosa es inmortal. En su gran novela “La Fiesta del Chivo” hizo que el mundo recordara al Dictador como realmente era: abusivo, manipulador, criminal. Eso es lo que queda del “Chivo” de la República Dominicana: cenizas de una triste época que América Latina entierra una y otra vez. Sin embargo, acabados los personajes, en nuestros países siguen apareciendo y reapareciendo los virus del chiverío. La vacuna democrática no lo ha podido eliminar del todo. En este Tercer Milenio, hemos visto brotes y rebrotes de esa dolencia, en formas a veces hasta más brutales que la de Trujillo, quien no se hubiera animado a violar a su propia hija.

No es el “socialismo” lo que buscan los “chivos”, es el poder indefinido, sin escrúpulos ni ética. El poder por el poder. Los “chivos” no son “izquierdistas” como dicen serlo, pues siempre terminan generando más pobreza, más dependencia y más corrupción. Qué nostalgia de la Izquierda que quería mejorar el mundo y revolucionar valores. El Chivo moderno usa banderas ajenas, del siglo pasado, sin entenderlas. Se disfraza de demócrata hasta que el voto se le vuelca. Se disfraza de buenito, hasta que la droga lo revuelca. Se jacta de repartir, hasta que acapara todos los recursos. Adoptan formas de “ídolos”, hasta que sus pies de barro se le derriten. Se imponen por el terror, hasta que el miedo los espanta. Apagan las luces y queman leyes, constituciones y bosques. Se hacen coronar Reyes de todos los poderes, hasta que una cartita los liquida.

Los Chivos son solitarios. Fusilan hasta a su propia camisa. No permiten, ni opiniones peor oposiciones. Callan el arte, la prensa, la expresión. Imponen la cárcel, el destierro, la persecución. La Justicia es a su manera, los Impuestos son para los Opuestos, la Plata es para sus servidores. La Educación es doctrinaria, la Salud no cuenta. Y cuando acuerdan, el país es un desierto, su “pueblo” es solo llanto, y su misma gente les dice que se vayan. Ya no los matan a los Chivos, los dejan como ejemplo de lo que no debe ser, con la esperanza que no vuelvan a renacer. Hasta que muerden su propia piel, hasta que envenenan a sus criaturas, hasta que se los traga la tierra y el olvido. Mueren en vida.

Triste el destino de los Chivos. No hay que odiarlos, basta con despreciarlos. El odio es alimento de ellos, la confrontación es su arma, el conflicto es su forma de vida. La Paz les carcome el alma, si es que la tienen. La prosperidad es su enemiga. La pobreza es su combustible, por eso la multiplican. La mentira es su arma, por eso la amplifican. Pero en el mundo tecnológico actual, las mentiras tienen piernas cada vez más cortas. Hacer fraude ya no es tan fácil. Y cuando la verdad sale a flote, se derrumban como castillos de cartas. Tratan de resistir. Buscan a sus similares, a sus socios, a sus cómplices. Buscan reordenar sus huestes. Llamar a nuevas fiestas. Se trasladan de Sao Paulo a Puebla, o de Unasur a Celac, no importa. La droga financia todo, esperando que las balas remplacen los votos.

Cómo no deseara yo inspirar a Vargas Llosa a escribir ahora “La Fiesta de los Chivos”. Ahora ya son varios y tienen su Club, para seguir promoviendo sus orgías. Pero ahora se han topado con la no-violencia y con la esperanza. Aquí en Bolivia, en el país más humilde del Continente, con unas pititas de amor y solidaridad, tumbamos al Dragón Incendiario. Aquí en Bolivia, sin una sola bala, jóvenes y mujeres, han acabado con la Fiesta del Chevo.



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