25 de febrero de 2022, 4:00 AM
25 de febrero de 2022, 4:00 AM


Lo que se esperaba finalmente ha ocurrido: Rusia ha atacado Ucrania y ha comenzado así una guerra de imprevisibles consecuencias que si no se contiene con las sanciones de Occidente contra Moscú, podría derivar en una guerra global de potencias, y sería la más grande desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

En la madrugada del jueves en Moscú, el presidente ruso, Vladimir Putin, que lleva más de 20 años en el poder, anunció el inicio de una “operación militar especial” con la amenaza de que si alguien intentaba responder a Rusia la reacción de Moscú sería inmediata. Algo así como un “estoy invadiendo Ucrania y es mejor que nadie se meta”.

Entonces comenzaron los ataques con misiles y explosiones en grandes ciudades. Y como en toda guerra, circularon esas grandes mentiras que ya conocemos de los que actúan con armas: Putin dijo que los ataques se realizan con alta precisión, lo cual no suele ser verdad ni en esta ni en anteriores guerras; cuando se ataca por tierra y aire siempre hay víctimas inocentes, que no son necesariamente puestos militares ni soldados.

Es evidente el mayor poderío militar ruso frente al ucraniano; así como también es evidente que cuando una invasión se produce sin provocación, como en este caso que no la hubo, saltan las intenciones del régimen de Putin, que no se resigna a que Ucrania pueda continuar siendo un país libre y que decida por su cuenta el futuro que mejor le parezca.

Además de los antecedentes históricos de un país con regiones rebeldes a Kiev, una de las razones que explican el ataque ruso es la mayor cercanía de Ucrania con los países de Occidente y su intención de ingresar a la OTAN, la organización militar que agrupa a Estados Unidos, la Unión Europea y tres Estados que antes pertenecían a la órbita socialista soviética, como son Lituania, Letonia y Estonia. A Moscú no le hace ninguna gracia que también Ucrania pase a formar parte de ese bloque occidental porque entiende que podría perder hegemonía y control geoestratégico en esa parte de Europa.

La reacción de Occidente se limita, por ahora, a condenar los ataques rusos y a anunciar severas sanciones económicas, las más duras que se hayan conocido nunca, dicen, lo cual no parece preocupar mucho a Moscú, que ha continuado con su ofensiva, pese a la crítica situación de su economía que se verá afectada con los castigos y bloqueos de Estados Unidos y la Unión Europea.

La defensa militar que encabeza el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, valiente en las palabras, aunque probablemente débil en las acciones militares propiamente, ha comenzado con la ruptura de relaciones diplomáticas con Moscú y el ofrecimiento de entregar armas a todo aquel ciudadano que quisiera defender el territorio de Ucrania.

La guerra traerá muerte, destrucción y más pobreza, como toda guerra; y provocará daños que suelen llamarse colaterales, pero que en los hechos son igual de trágicos que las muertes que provocan las armas, y que implican olas migratorias incontenibles, ciberataques de Rusia, que es especialista en esa materia, y campañas de desinformación del Kremlin, como aquello de que se hacía la operación militar en Ucrania para “desmilitarizar y desnazificar” Ucrania.

En cualquier caso, la guerra es el fracaso de los hombres y de su capacidad de entenderse; y es la victoria de la aberración, del negocio de las armas y de mentes enfermas a las que no les importa la vida de las personas si eso les ayuda a mantenerse en el poder.

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