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10 de septiembre de 2023, 4:00 AM
10 de septiembre de 2023, 4:00 AM

Por Antonio Riveros, docente

El mundo empresarial se ha transformado en las últimas décadas, y en el centro de esta transformación se encuentra el ecosistema emprendedor. Las empresas emergentes o startups están redefiniendo industrias enteras y generando innovación a un ritmo sin precedentes. En este contexto, la academia desempeña un papel fundamental que a menudo pasa desapercibido, pero que es esencial para el éxito y la sostenibilidad de estos proyectos empresariales.

La academia es la incubadora del capital intelectual que impulsa los emprendimientos. Los nuevos profesionales egresados de universidades y centros de formación superior aportan conocimientos técnicos y teóricos que son vitales para el desarrollo de startups. Son estos jóvenes talentos quienes a menudo poseen la destreza técnica y el dominio de las últimas tecnologías que dan vida a productos y servicios innovadores.

Es capital humano con capacidad de investigar, adaptarse y aprender continuamente. Estas habilidades son cruciales en el entorno empresarial, donde la agilidad y la adaptabilidad son claves para mantenerse a la vanguardia en un mercado en constante cambio.

Otro aspecto clave sobre la importancia de la academia en el ecosistema emprendedor es la preparación en Soft Skills. Si bien las habilidades técnicas son esenciales, el éxito de una startup no depende únicamente de ellas. Las denominadas soft skills o habilidades blandas son igualmente cruciales. Estas habilidades incluyen la comunicación efectiva, el trabajo en equipo, la resolución de problemas y la empatía. La academia debe reconocer la importancia de estas habilidades y proporcionar a los futuros profesionales las herramientas necesarias para desarrollarlas.

En un entorno emprendedor, donde la colaboración y la interacción con diversos stakeholders (grupos de interés e impacto en una organización) son comunes, las soft skills son fundamentales. Los emprendedores deben ser capaces de comunicar sus ideas de manera persuasiva, construir relaciones sólidas con clientes y socios, y resolver conflictos de manera constructiva. La academia puede contribuir a fortalecer estas habilidades mediante la inclusión de programas de desarrollo personal y profesional en su plan de estudios.

El tercer aspecto crítico es la enseñanza de la cultura colaborativa. Las startups rara vez tienen éxito como empresas aisladas. Una cultura colaborativa es aquella en la que la colaboración es habitual y deliberada, con equipos en red, talento coordinado entre socios y mentores. Las empresas prosperan en un entorno en el que la colaboración es la norma. La academia es vital a la hora de cultivar esta mentalidad colaborativa desde el inicio de la formación profesional.

Fomentar proyectos multidisciplinarios, brindar oportunidades para trabajar en equipos diversos y promover la interacción con profesionales de la industria son formas en las que la academia puede inculcar la cultura colaborativa en sus estudiantes. Esta cultura es esencial para el trabajo en equipo en las startups y para la construcción de redes de apoyo que son fundamentales en el viaje emprendedor.

En resumen, la academia no es simplemente un trampolín para el mundo laboral, sino un pilar fundamental en el ecosistema emprendedor. La academia genera el capital intelectual que impulsa la innovación, prepara a los estudiantes en habilidades técnicas y blandas, y fomenta una cultura colaborativa que es esencial en el éxito de las startups. Al reconocer y fortalecer estos aspectos, la academia puede contribuir de manera significativa al florecimiento de la empresa emergente y, en última instancia, al crecimiento económico y la innovación en la sociedad.

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