Opinión

La irrupción de las tentaciones

El Deber logo
17 de diciembre de 2019, 3:00 AM
17 de diciembre de 2019, 3:00 AM

Róger Cortez

Los encargados de conducir hoy el Gobierno no sospechaban, hace semanas o días, que sus ambiciones y proyectos de ocupar roles protagónicos pudiesen hacerse realidad, tan inopinadamente como ha ocurrido. La sorpresa de acceder a posiciones y resortes de poder, eventualmente muy grandes, es propensa a desencadenar reacciones y actitudes insospechadas e insospechables.

Hemos visto situaciones parecidas cuando se posesionaron los primeros ministros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en los años 80 del siglo anterior o, más cerca, con autoridades militantes o apegadas al Movimiento al Socialismo (MAS). La coincidencia entre esas situaciones y la actual es esa especie de azoro de quienes se posesionan de sus cargos.

La diferencia sustantiva es que los anteriores accedieron a sus puestos, ya sea por valía o tenacidad de sus luchas, por conquistar o contribuir a ganar votantes, o simplemente como derivación de una elección democrática. Sin mella de los méritos que pudieran tener las actuales autoridades, su arribo al cargo obedece a una lógica distinta.

Puede decirse, sin embargo, que existe la concordancia de que probablemente unos y otros tomaron las riendas de sus despachos, imbuidos de las mejores intenciones y prefiriendo omitir las continuas y atormentadoras advertencias históricas de que el poder, como la guerra, es un “monstruo grande que pisa fuerte la pobre inocencia de la gente”, como lo canta Gieco.

Las buenas intenciones y la capacidad disponible tienen que canalizarse a contribuir eficazmente al aplacamiento de las pasiones desatadas durante los recientes conflictos, a garantizar un proceso electoral impecable y atender eficiente y puntualmente las cuestiones cotidianas de administración, restableciendo la transparencia sacrificada por el retorcimiento del régimen caído.

La valía de las personas se mide por su capacidad de conocer y cumplir sus responsabilidades y compromisos; esto puede desviarse por un desborde de la imaginación y ambiciones de nuevos funcionarios, que se sienten capaces de emprender revoluciones fantásticas, ajenas a sus competencias y posibilidades, ya que resultan irrealizables por los plazos y los implacables límites de su circunstancial legitimidad.

El ministro de Desarrollo productivo, para tomar un ejemplo, se cree autorizado, simplemente por su credo ideológico, a insistir en una agresiva profundización del modelo agroganadero vigente, presentándolo como la última de las innovaciones humanas. Pretende olvidar que se trata del fracasado modelo oficial, promovido por el Gobierno anterior y motorizado por grandes intereses externos, que condujo a la Gran Quema de nuestros bosques.

Ese depredador patrón productivo, es subsidiado mediante la especulación de tierras y la insaciable expansión de la frontera agrícola. La misión del inesperado ministro es contribuir a la reparación de los daños que ese modelo ha ocasionado y a apoyar el crecimiento de la productividad, sin reiterar, ni embellecer la ruta que nos condujo al desastre. Por su lado, el hoy presidente de YPFB quiere “refundar” la institución en semanas, con la insinuación de bloqueos camineros si es reemplazado.

Mientras las tentaciones se avivan, una gran mayoría de las carteras (no todas) exhiben un retraso inexplicable en auditar, transparentar y poner al alcance del público los turbios contratos de compra de bienes, servicios y consultorías que heredaron de sus antecesores. Hasta ahora no se han ventilado los entretelones de los contratos sobre nefastos proyectos como los del Chepete, Rositas, EASBA o muchos de YPFB y otros descomunales proyectos y obras.

Por otro lado, las prácticas de judicialización heredadas del MAS se mantienen intactas, mientras se continúan apiñando detenciones “provisionales”, por la acción del infame aparato de extorsiones judiciales que, ahora sería bueno, simplemente porque está ensañándose con enemigos de los poderosos actuales, o ajenos a ellos. Ocurre esto en casos, tan deleznables como el del interventor de EPSAS, llegado al Gobierno para resolver la crisis del agua de La Paz, y hoy encarcelado por una acusación más propia de rencillas internas que de pruebas consistentes.

Un Gobierno no elegido y nominado para una misión totalmente concreta no tiene margen para devaneos y tentaciones que, en las circunstancias presentes y prácticamente en cualquier otra, abrirán campo a tormentas y desgracias insubsanables.

Tags