5 de enero de 2023, 4:00 AM
5 de enero de 2023, 4:00 AM


Desde sus inicios el populismo indigenista representado por el MAS, si bien se calificaba de izquierda, lo que hizo fue arrinconar sistemáticamente a la izquierda, sobre todo de clase media, empujándola hasta los últimos rincones del escenario político, acomunándola insistentemente con la derecha tradicional.

Decíamos en un ensayo recientemente publicado por Plural:

“Marginar a la izquierda nacional puede haberle generado frutos al MAS, en su énfasis y aprovechamiento del populismo indigenista con tintes racistas pero sin duda no le ha permitido ampliar su influencia en las ciudades, debilidad que los hechos del 2019 han demostrado, y ha favorecido la consolidación de los sectores conservadores como hegemónicos en el frente opositor, con una izquierda claramente incómoda con esa convivencia. Ese es un gran daño para la política boliviana del futuro”.

En otras palabras el MAS se ha rehusado a reconocer la existencia de una izquierda en Bolivia que no sea el MAS, no obstante la presencia en el pasado y en la actualidad de valiosos personajes muy destacados y conocidos.

En la lógica populista que necesita crearse enemigos, el MAS arrincona esa izquierda, la cual hoy se encuentra en un drama existencial: Arrimarse al MAS que no los quiere y con los que no comparte valores o quedarse como “furgón de cola” en la oposición, con los movimientos liberales, conservadores y confesionales en una convivencia difícil que explica en buena parte la debilidad y división de la oposición.

Esta situación tiene raíces profundas que debemos recordar: Cuando cae el muro de Berlín, ya la izquierda europea se había separado del socialismo soviético y buscaba su propio camino hacia sociedades abiertas, plurales, democráticas, con libertades individuales y marcada institucionalidad. Atrás quedaba ya el experimento del comunismo soviético.

Lamentablemente en América Latina, la izquierda, traumatizada por haber sido desplazada del poder en varias ocasiones, no obstante haber respetado las reglas, como el caso de Allende en Chile y por las persistentes derrotas de las guerrillas, se consolida más bien como una izquierda autoritaria, estalinista, que utilizará la democracia para llegar al poder pero ya no tendrá la honestidad de jugar a la democracia: llegará para quedarse. Y ese es el planteamiento del Foro de Sao Paulo, rápidamente dirigido por la Cuba de Fidel. Hoy ese esquema autoritario es claro en Venezuela, Nicaragua y Bolivia: Chile lo ha rechazado, Colombia está en la indecisión y no sabemos cómo se alineará Lula. Es posible que en América Latina aparezca otra izquierda, más parecida a la uruguaya o la europea, es decir ese socialismo democrático que en los 90 fue derrotado por el neoliberalismo.

Para sus nuevos fines, este socialismo autoritario se libera del marxismo clásico y adopta un neomarxismo posmoderno con fuerte influencia populista inspirada en el argentino peronista Ernesto Laclau, haciendo uso instrumental de todas las contradicciones de la sociedad, presentándose como defensores de indígenas, de pobres, de mujeres, de la naturaleza, todos agrupados como “pueblo” o “plebeyos” como le gustaba decir a García Linera.

Este “otro socialismo”, de filiación cubana, reiteramos, muy alejado del socialismo democrático europeo, para tomar y mantener el poder necesita desarmar toda la estructura institucional que garantizaba la democracia.
Por eso hoy el “socialismo del siglo XXI” es una izquierda autoritaria específicamente latinoamericana, fruto de todas sus previas frustraciones y espantosamente parecida al nacional socialismo italiano de los años 20, es decir al fascismo. Eso explica por qué la izquierda nacional incomoda tanto al MAS.

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