23 de agosto de 2023, 4:00 AM
23 de agosto de 2023, 4:00 AM


Hace unos días asistimos -boquiabiertos- al asesinato del candidato a la Presidencia en Ecuador Fernando Villavicencio, a manos de sicarios colombianos. De inmediato, como todo deja vu, se vino a la mente el asesinato del candidato a la máxima autoridad colombiana Luis Carlos Galán (1989) en pleno auge del inefable narcotraficante Pablo Escobar.

La llegada del narco al populismo, a lo largo de todos estos años, se consolidó férreamente en Latinoamérica y sus uñas cooptaron candidaturas, concejalías, gobernaciones, diputaciones, senatorias llegando a aprisionar incluso a los propios candidatos a la Presidencia. Es el caso de Chávez y Maduro en Venezuela; el matrimonio miserable de Ortega-Murillo; el ex presidente de Perú Pedro Castillo también estuvo manchado con el narco. La candidatura de Petro en Colombia tiene un hijo detenido y procesado por lavado pecuniario y él mismo está bajo sospecha de financiar su campaña con dinero del narcotráfico. Por lo menos los últimos cuatro presidentes de México están todos enfangados con el dinero del tráfico de estupefacientes para el financiamiento de sus campañas para, luego, en sus administraciones, brindar favores y protecciones a narcotraficantes.

El narco, como una industria altamente eficiente, se metió al bolsillo a un sinfín de políticos, autoridades y gobernantes en América Latina. Ya no hay prudencia. Mesura. Límites. El propio Marset, el narco más famoso de Bolivia después de Roberto Suárez -quien se ofreció en los ochenta a pagar la deuda externa si lo dejaban tranquilo en sus negocios-, advirtió de que si “abre su boca” toda la política boliviana se va derechamente al carajo.

Cabría la pregunta: ¿Bolivia podría no escapar a esta clase de vinculaciones? ¿Es posible que más de una autoridad, posiblemente, haya tenido financiamiento del narco para sus puestos públicos? No olvidemos que el dinero proveniente de los cocaleros está contaminado hasta en un 90% con el narcotráfico. Así que, estadísticamente, no sería una locura prever esta irregularidad. De hecho, el otro día se denunció que un narcotraficante, para variar liberado extrañamente de la cárcel, ingresó a la Asamblea Legislativa por un ascensor oficial, sin ningún problema. Una verdadera desfachatez.

¿Qué hace un narcotraficante apresado y luego liberado en el Congreso? ¿Con quién se va a reunir? ¿Para qué? ¿Cómo accede a una autorización para usar accesos privilegiados? Si un narco –al parecer de poca monta– se da este tupé, ¿cómo será el accionar de los peces gordos del narco en Bolivia?

Toda esta marea corrupta y asociada al narcotráfico sucede gracias a la complicidad y, en la mayoría de las veces, con la propia implicación directa de la izquierda en la región y en Europa, tal y como lo demuestran los vínculos de dirigentes socialistas como Pablo Iglesias y el expresidente de España Zapatero con el famosillo Grupo de Puebla: una agrupación de populistas como Petro, Maduro, Morales, los Kirchner, Correa, Lula y cuya tiradera se extiende como una epidemia.

Lo más paradójico de toda esta infamia populista, es que su apoyo mutuo entre regímenes venales constituye una especie de credencial de prestigio progresista en la región. ¡¡¡Prestigio!!! Respaldar una dictadura, a gobiernos abiertamente corruptos y amigos de las FARC, del ELN, de las guerrillas, de los cárteles. ¿Eso es prestigio? No, no lo es. Es imbecilidad.

De una u otra manera, todo este zafarrancho, iniciado hace 16 años con la llegada de los masistas, los bolivianos venimos repitiendo tres palabras: hartazgo, bronca y enojo. Hemos llegado al límite. Hay hartazgo por todas las denuncias de corrupción y negligencia de estos politiqueros azulines. Hay una bronca contenida frente a todos los abusos de estos administradores de la cosa pública: policías extorsionadores y mafiosos; militares contrabandistas de frontera; funcionarios abusivos; ministros matones y negligentes. Estamos enojados porque no nos dejan progresar, crecer, invertir, buscar una calidad de vida, un mejor futuro para nuestros hijos. Todo se reduce a sillazos en congresos incivilizados. En una lacerante tristeza que abreva en la sensación de abandono y orfandad de estar a la deriva, a la falta de horizonte y a la inexistencia de futuro. La impotencia vulnera, debilita y agobia hasta destruir nuestras esperanzas.

El narcopopulismo ha cooptado nuestras vidas y las ha hecho miserables. Ya no sabemos a quién tenemos al lado. Ya no sabemos si sacarnos o no una fotografía en un cumpleaños con alguien. Ya no sabemos si ese o aquel político está ligado a Marset o si toda esta lucha contra los narcos es sólo una fachada gigantesca para lavarse ese rostro mugriento que tienen. Ya no sabemos nada. Sólo que el narcopopulismo ya entró y está cómodamente sentado, moviendo hilos.

Tags