10 de octubre de 2022, 4:00 AM
10 de octubre de 2022, 4:00 AM

La democracia en Bolivia es una conquista que demandó y aún demanda compromiso y lucha permanente. Hace 40 años, se libró una batalla de principios contra las dictaduras de los militares. Ahora se sigue peleando por los mismos principios contra los afanes de imposición de ideas, de control de la justicia y contra la posverdad de hacer creer que todo lo que no emerge del MAS y sus aliados es dañino para los bolivianos.

La democracia no solo es el derecho al voto para elegir representantes. La democracia es tener la convicción de que se vive en libertad, para pensar, para proponer y que las propuestas sean al menos escuchadas, para emprender o para tener un empleo digno y de calidad. No es democracia que se descalifique a las minorías, que se rechace otras ideas solo porque son de la oposición. No es democracia que aún haya gente en el exilio o que los políticos opositores sean detenidos y enviados a prisión preventiva, mientras hay corruptos del oficialismo a los que se les valida una serie de artimañas legales.

Pasaron 40 años de democracia y está claro que este sistema de gobierno es muy frágil todavía. El año 2016 se convocó a un referéndum para alargar el mandato de Evo Morales, ganó el No y él desoyó la voz del pueblo para volver a ser candidato. Estaba violando la democracia. En 2019 hubo elecciones nacionales y se descubrió una grosera manipulación de actas, de cómputo y hasta una vulneración del que debía ser un aséptico sistema electoral. La violación a la democracia se repetía. Y eso está registrado en informes de los observadores que había convocado el mismo Morales.

Ese mismo año, Evo Morales y Álvaro García Linera renunciaron e hicieron renunciar a todas las autoridades de la sucesión constitucional. El país estaba al borde de la guerra civil y una interpretación de la Carta Magna hizo que Jeanine Áñez asuma la Presidencia. Su misión era convocar a nuevas elecciones, pero en el camino ella quiso ser candidata y vulneró el compromiso. Hubo enfrentamientos y muertos entre los seguidores del MAS y los opositores. Solo son reconocidos los que apoyaban al MAS. Eso tampoco es democracia.

La lucha contra las dictaduras también cobró vidas: asesinatos a manos de paramilitares, torturas y desapariciones. Pero ganó el ideal, la imperiosa necesidad de tener un país libre. Más adelante, en plena vigencia de la democracia, el Gobierno autorizó ejecuciones extrajudiciales como el asalto al hotel Las Américas, lo que dio inicio para descabezar a la oposición, especialmente en Santa Cruz, y hubo detenciones, que en teoría eran preventivas y que se volvieron punitivas.

La impronta de libertad se mantiene entre los bolivianos y las aspiraciones totalitarias, cargadas de discursos de posverdad, son combatidas con medidas pacíficas y contundentes como los cabildos. Esa es Bolivia.

En 2020 las elecciones nacionales fueron ganadas por Luis Arce Catacora del MAS. Obtuvo el 55% de votos y la confianza de la ciudadanía, golpeada por la pandemia. Ese caudal de fe debería ser retribuido con plena democracia, con libertad, con capacidad y habilidad para escuchar, dialogar y concertar. Si el país había vivido días de horror en 2009 con el hotel Las Américas, en 2011 con la vulneración de derechos de los indígenas, en 2019 con manipulación de las elecciones, el voto de 2020 fue de esperanza de un cambio y no de repetir viejas prácticas totalitarias y avasalladoras de los derechos de todos.

En este 10 de octubre, que se cumplen 40 años de democracia, es importante reflexionar, recuperar los valores y los principios. En otras palabras, permitir la libertad, la institucionalidad y la senda hacia un desarrollo en el que participen todos y no solo unos cuantos.

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