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La marcha del MAS de Caracollo a La Paz, encabezada por Evo Morales, se proclamó como la marcha de la democracia, pero resultó siendo la marcha de las amenazas a Santa Cruz y la presión a la justicia para encarcelar a quienes ellos consideran autores de lo que llaman “golpe de Estado” cuando hablan de la sucesión presidencial constitucional de 2019, después de que el jefe del MAS huyera del país tras el fraude electoral que lo favoreció el 20 de octubre.

Cuesta comprender el sentido de una marcha de un partido en el Gobierno, con los actores del poder (estaban allí el presidente Luis Arce, el vicepresidente David Choquehuanca, el propio Evo Morales, y decenas de funcionarios públicos), custodiados además por la Policía Nacional, agentes de inteligencia, ambulancias y servicios médicos, alimentación segura y transmisiones en vivo en la televisión del Estado.

Si algún sentido define el carácter de una marcha es que se opone a los que detentan el poder porque le reclaman algo, su sentido del sacrificio, la exposición a los riesgos y la dificultad de financiar la logística en sí misma costosa. En este caso, la marcha era del poder mismo, no existió ningún sacrificio ni nadie estuvo expuesto a riesgos ni a dificultades económicas; al contrario, tenían todas las condiciones para ser más bien una caminata de confraternización protegida por todos los frentes.

Sobre la autenticidad de la voluntad de marchar de sus concurrentes quedan interrogantes: es común en este tipo de iniciativas que se obligue a funcionarios públicos a asistir, y en otros casos también es dudoso que los participantes asistan sin recibir nada a cambio.

Como fuera, la marcha que se engrosó en los últimos kilómetros llegó a La Paz y concluyó en un costoso acto de masas con grupos musicales, pantallas led gigantes, grandes tarimas, mucha comida y bebida, como se comprobó por la basura que quedó en el lugar.

Los discursos de los dirigentes de movimientos aliados del Gobierno tuvieron todos tres denominadores comunes, como si se hubieran puesto de acuerdo.

El primer elemento común fue la amenaza a Santa Cruz: cuidado Santa Cruz, no provoquen, que podemos llevar la marcha allí, tomar la ciudad, nacionalizar fábricas e industrias y poco menos que poner a los k’aras (blancos) en su lugar. En las expresiones se podía percibir con claridad un resentimiento con esta región del país, casi como un castigo porque fue este departamento que con el paro de nueve días hizo retroceder al Gobierno de Luis Arce con su ley 1386.

Como segundo denominador común de los discursos estuvo la exigencia, presión y también amenazas a la justicia para que encarcele de una vez a los autores del “golpe de Estado”, a riesgo de que si no lo hacen serán cambiados.

Y el tercer detalle común en esas intervenciones fue la “carajeada” rabiosa de los dirigentes a esa parte del país que no piensa como ellos, ni como el partido gobernante.

Un día después de la concentración, el jefe del MAS repitió la advertencia de los dirigentes: “Cuidado que los compañeros decidan irse a Sucre finalmente hasta que metan a la cárcel a los golpistas”.

En Bolivia, el “cuidado” no tiene una acepción relacionada a la precaución para evitar un accidente o un desastre; cada país le da un sentido especial a los vocablos de la lengua española, y en el caso nuestro el “cuidado con” tiene un propósito amenazante: si no haces esto, yo te haré tal cosa.

Por último, el día estelar de la marcha coincidió con la liberación de Gabriela Zapata, exnovia de Evo Morales que hizo tráfico de influencias utilizando su condición sentimental con el entonces presidente. Los medios no pudieron evitar dedicar espacios a esa noticia, y por tanto le restaron a la de la marcha.



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