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Resulta gratificante comprobar cómo la investigación científica acompañada de procesos ejecutados en campo, ayudan a entender la forma en la que se alinean las respuestas que necesitamos. Eso está ocurriendo con la investigación sobre la migración campo ciudad que, analizada en contexto, adquiere una condición augural. Para que esta situación adquiera la calidad de evidencia y realidad, comprobamos la necesidad que se encuentren expresadas en políticas públicas, más allá de los discursos y las promesas demagógicas.

La primera es superar el falso debate, hasta ahora confrontacional, entre lo urbano y lo rural; ambos son integrantes de un continuum y de una realidad de complementariedad pues cada uno cumple una labor diferenciada. La función de “lo rural” que debe ser respetado en su especificidad, es ser responsable de la energía, la comida, el agua y la sostenibilidad que necesitarán los habitantes de las ciudades. Y las ciudades deben devolver en retribución, la sostenibilidad responsable y el precio justo que fortalezca el esfuerzo. Sin ruralidad no hay comida.

El segundo componente tiene que ver con la calidad de vida digna que deben tener las personas que viven en áreas rurales. Si el Estado no cumple responsablemente dotando de condiciones básicas a los territorios donde se encuentra la gente, ella buscará satisfacerlas y se iniciará o se consolidará el proceso migratorio. Si sobre 339 gobiernos locales en Bolivia, 256 con menos de 20.000 habitantes no están dotados de hospitales de 2.° nivel, y carecen de otros servicios esenciales, no esperemos que mantenga un sacrificio desproporcionado. Los padres, los mayores, es posible que soporten las carencias porque siempre las tuvieron; sin embargo, las nuevas generaciones y la internet que dominan, les muestran otros mundos a los jóvenes con ilusiones y tentaciones diferentes. Ante el proceso migratorio, que además es una tendencia mundial, proponemos las ciudades intermedias como nodos de servicios para llenar progresivamente esos vacíos.

El tercer componente tiene que ver con la cohesión social en el territorio y que exige que las personas que viven en él, se pongan de acuerdo para lograr resultados con esfuerzos compartidos, en materia de seguridad alimentaria y en pactos por desarrollo sostenible que generen excedentes económicos y simbólicos. Resulta que el turismo es un instrumento que materializa estas condiciones al establecer autoestima que valora lo propio y reconoce la importancia del otro, del distinto, al que está invitando a que lo visite.

En esa sucesión de condiciones, aparece el café con su modo de producción. Es una labor agrícola que se produce en el área rural, bajo determinadas condiciones climáticas, ambientales y geográficas, que demanda mano de obra local, tecnificación, organización, articulación interterritorial, manejo del mercado, exigencias de calidad, competitividad, sostenibilidad, vida plena en el campo… la importancia del café desde el punto de vista productivo, es que resulta similar a una cadena extraordinariamente variada de condiciones y exigencias similares para el cacao, el amaranto, la quinua, el asaí, el copuazú… un país con procesos migratorios acelerados, puede tener en este modo de desarrollo, la oportunidad de detener la radicalidad de la migración.

Y podemos repetir lo que venimos diciendo, el café de grano boliviano a la hora de su consumo nos unifica, pues en la actualidad el 96% de la producción nacional corresponde a manos paceñas de Yungas que lo cultivan y cosechan. Y que tomar café boliviano no es un acto de patrioterismo sino un reconocimiento a la calidad, el café boliviano es uno de los más sabrosos del mundo.

Esta secuencia analítica tiene la verificación práctica de su funcionamiento. Estoy llegando de trabajar en el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia y de comprobar el modo como cada uno de estos componentes interactúan y generan el producto de orgullo nacional colombiano.

Sin copiar, sin embargo, es posible aprender las lecciones que nos deja la Federación de Cafeteros de Colombia y las políticas públicas que allá se han aprobado. Por todo lo que voy descubriendo, cada vez me estoy convenciendo más que a partir de las categorías que acompañan la producción del café, podemos cambiar nuestro país.

Carlos Hugo Molina es Director del CEPAD

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