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5 de junio de 2023, 4:00 AM
5 de junio de 2023, 4:00 AM

Definitivamente, la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno aunque ningún país pueda ufanarse de que su sistema político funcione a la perfección.  La democracia tiene una virtud: el sistema de pesos y contrapesos que, en teoría, debería evitar la concentración del poder.

La democracia requiere necesariamente de instituciones creíbles, gobiernos fuertes y una oposición seria, responsable y coherente. Y si algo le falta a Bolivia es, precisamente, una oposición verdadera.

Por ejemplo, ha quedado claro que, entre ausencias, bajas médicas o disidencias internas, senadores y diputados opositores fracasaron en su intento de censurar a los ministros de Gobierno y de Justicia, en sendos actos interpelatorios, por escaso margen de votos.

La interpelación y la posible censura eran importantes no para que parlamentarios, acostumbrados al Tiktok y a los escándalos, se anoten una pírrica victoria, sino porque mediante ese acto la Asamblea Legislativa, en ejercicio de su facultad fiscalizadora, hubiera dado una señal al Ejecutivo de que sus políticas están erradas y que son necesarios cambios profundos por el bien del país, no del gobierno. Eso ocurre en democracias auténticas y no formales.

En síntesis, poco o nada se puede esperar de las bancadas parlamentarias de oposición divididas en retazos políticos que se diferencian únicamente por afanes personales, pegas u otro tipo de intereses. Luis Arce seguirá gobernando hasta el final de su mandato como lo hizo hasta ahora: sin oposición.

¿A quién escucha el gobierno? A la Central Obrera Boliviana cuyos dirigentes viven declarados en comisión y reciben autos, hoteles, pasajes, becas para sus allegados y otras ventajas. También escucha a sindicatos que tienen en sus manos el poder del bloqueo o la amenaza de la dinamita y, finalmente, promueve “consensos” entre las bandas criminales que avasallan tierras y los propietarios que invierten y producen.

Es extremadamente preocupante que en la democracia boliviana el bloqueo, la dinamita, el avasallamiento y la prebenda tengan una voz más fuerte que la de los parlamentarios elegidos por voto popular y que tienen facultades constitucionales para fiscalizar al Órgano Ejecutivo.

Pero, más allá de la coyuntura, ¿cuál es la perspectiva de la oposición en el futuro? A finales de 2024 deben llevarse a cabo las elecciones primarias. Para ello, las organizaciones políticas tendrían que tener un registro de militantes actualizado y deberían estar trabajando desde ahora en sus estructuras regionales; en barrios, cantones y provincias. Tendrían que estar trabajando en su financiamiento y logística; y lo más importante: ofrecerle al electorado una propuesta distinta a lo que significa el MAS con cualquiera de sus candidatos.

¿Existe algún político que esté recorriendo el país para conocerlo a profundidad y recoger las demandas ciudadanas? ¿Existe alguna estrategia seria para que las primarias abran el debate interno en las organizaciones políticas y que las futuras candidaturas sean representativas y legítimas? La respuesta a ésta y otras interrogantes es: no.

Entonces, el procedimiento será el de siempre: un par de encuestas, reuniones reservadas y varias candidaturas surgidas, entre otras distorsiones, del comercio de siglas políticas. En ese contexto, es difícil esperar que en 2025 el voto popular marque el fin del ciclo político del MAS, pero con seguridad los perdedores volverán a culpar al Padrón Electoral o la distribución del voto urbano y rural.

La democracia sin oposición verdadera se convierte en autoritarismo y ésa es la ruta que está tomando el proceso boliviano. Hoy en día, ser opositor implica una alta responsabilidad y un gran sacrificio. Tomando en cuenta ese desafío, ¿dónde están los opositores?

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