3 de noviembre de 2023, 4:00 AM
3 de noviembre de 2023, 4:00 AM


Hay dos guerras en el mundo en este momento y la posición del Gobierno boliviano es diferente frente a cada una de ellas. De condena contra Israel por sus ataques a Palestina y benevolente o de complicidad frente a los ataques de Rusia contra Ucrania. No parece haber coherencia en la conducción de la política exterior del gobierno. 

En Ucrania van 617 días de invasión rusa. El país de Putin no ha dejado de bombardear ni un solo día las ciudades ucranianas y en sus ataques no ha discriminado a civiles de militares, menos aún ha evitado la muerte de ancianos y niños en el empeño de dominar y aplastar al gobierno de Zelenski. La guerra en ese lugar del mundo comenzó porque Ucrania anunció que se plegaría a la OTAN, lo que Rusia consideró inadmisible. Es así que una madrugada comenzaron los bombardeos que ya dejan miles de muertos y que no tienen traza de desaparecer.

Cambio de escenario. Otro conflicto, otra guerra en la Franja de Gaza. El grupo terrorista Hamás lanzó un ataque contra civiles en Israel y causó la muerte de más de 1.000 personas. La respuesta israelita ha sido un bombardeo incesante contra la población palestina, que incluye el corte de energía, combustible y, durante varios días, de alimentos. En Palestina ya se cuenta más de 6.000 muertos, mientras que en Israel son más de 1.500.
La postura del Gobierno de Bolivia es diferente y contradictoria frente a estos conflictos. En el caso de la invasión rusa a Ucrania, nuestro país se ha rehusado a suscribir los pronunciamientos de condena en Naciones Unidas. Es más, su visión es tibia y hasta de justificación de la ofensiva rusa, sin importar la muerte de civiles y el daño a la población ucraniana. 

El contexto lo explica y tiene dos vertientes: la ideológica y la económica. En la primera, hay que recordar que Putin es aliado de los gobiernos del MAS y también de los que mandan en los países del Socialismo del Siglo XXI, por lo que no hay razón humanitaria que permita que Bolivia se salga de un lineamiento internacional impuesto desde estructuras foráneas. Las razones económicas tienen que ver con que hay empresas rusas interesadas en el litio boliviano y hay negocios que resultan convenientes para el Gobierno.

En cambio, Bolivia es el único país que ha ido muy lejos con una posición radical con Israel, rompiendo relaciones diplomáticas, bajo el argumento de que el ejército de este país ataca inmisericordemente a Palestina. La respuesta no se ha dejado esperar, ya que el Gobierno de Netanyahu ha dicho que Bolivia “capituló frente al terrorismo de Hamás”, mientras que este grupo aplaudió la decisión de Luis Arce.

Si de ataques salvajes se trata, vulnerando los principios básicos de respeto a los derechos humanos, no se salvan ni Rusia, ni Israel ni Hamás. En los tres casos hubo bombardeos que vulneraron la vida de civiles inocentes. Entonces, la postura de Bolivia debería ser una sola, con coherencia e integridad. No es correcto que la ideología mande aplicar sesgos en la política internacional, porque eso deja muy mal parada la imagen del país, además de provocar falta de credibilidad sobre la política exterior.

Demás está señalar que, si el presidente va a encarar cambios en su gabinete, ponga en la mira al Canciller Rogelio Mayta, cuyos resultados son pobres, además de que prefirió subirse al vuelo inaugural de BoA a Venezuela, en lugar de estar en el informe sobre el monitoreo de la hoja de coca de la Onudc u orientando al Gobierno nacional sobre qué postura habría que tomar frente a las guerras.