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16 de julio de 2023, 4:00 AM
16 de julio de 2023, 4:00 AM

La Paz conmemora 214 años del grito libertario del 16 de julio de 1809. Sin duda, es la fecha de mayor trascendencia para la identidad, historia y cultura del pueblo paceño, puesto que la revuelta encabezada por los Protomártires de la Independencia marcó la ruta clara y definitiva de romper lazos con la corona española. Por eso, la declaración de la Junta Tuitiva inicia con la célebre sentencia: “hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria”.

La procesión en honor de la Virgen del Carmen se convirtió en una revolución que instauró un gobierno independiente, aunque meses después, desde Puno, Perú, llegaron las tropas españolas encabezadas por José Manuel Goyeneche para perseguir, detener y ejecutar públicamente a Pedro Domingo Murillo y sus compatriotas. Las batallas por la libertad se libraron en las calles paceñas, pero también en el altiplano y en los valles yungueños. Por eso, el 16 de julio siempre será un hito trascendente.

Una fecha como ésta tendría que ser motivo de diálogo, consenso y confraternidad; pero ocurrió todo lo contrario. Se desató una pugna por sesiones de honor, desfiles y verbenas, como si quien tuviera el mejor escenario, el grupo de moda o el desfile más numeroso fuera digno del reconocimiento de los paceños.

La Paz fue el departamento más poblado del país; su calidad de sede de Gobierno le permitió ejercer el liderazgo político y económico con industrias textiles como fueron Forno, Said o Ametex, todas quebradas. La poderosa industria cervecera nació en los predios de la avenida Montes, una parte de la factoría permanece en el lugar pero las nuevas inversiones fluyeron hacia el oriente. Fue, entre otras historias, cuna y fin de la fábrica Figliozzi y sus incomparables marraquetas.

Pero la política jugó en contra de esta pujante región que hace décadas se ha convertido en escenario de todos los conflictos políticos y sociales. Entre los más graves y recientes se puede mencionar el impuestazo de febrero de 2003, la guerra del gas y la masacre en Villa Ingenio, en octubre del mismo año; y la crisis de 2019 con todas sus lamentables consecuencias.

Inevitablemente, la factura es alta. Según un estudio de la Cámara Nacional de Industrias la participación de La Paz en el PIB bajó de 7,8% en 2015 a 5,2% en 2021; hace diez años se creaban dos industrias por día y ahora sólo una. La tendencia es descendente y enciende alarmas por la desindustrialización de la región. Por el contrario, aumentan la burocracia, el contrabando, el comercio informal y la conflictividad social; una combinación perfecta para que los jóvenes emprendedores busquen oportunidades en otras latitudes.

Aun así, La Paz tiene su magia. Es la síntesis geográfica de Bolivia con su imponente Illimani de más de 6.000 metros de altura;  el santuario de Copacabana y el mágico lago Titicaca, a más de 3.600 metros; la rebelde hoyada donde los edificios trepan por los cerros,  los calurosos valles yungueños donde se cultiva café de altura, a 2.660 metros, y el Parque Nacional Madidi, una de las reservas más biodiversas del mundo, en plena cuenca del Amazonas.

La Paz enfrenta grandes desafíos para retener a su gente, reactivar sus industrias y recuperar la esperanza. Tiene en el turismo, por ejemplo, un gran potencial. Goza de una exquisita gastronomía, por algo cinco restaurantes paceños están entre los cien mejores de Latinoamérica.

¿Qué se necesita? Unidad, recuperar la rebeldía y el amor por la tierra, y que surjan líderes dignos y visionarios que le devuelvan al departamento la tradición de ser  “cuna de libertades y tumba de tiranos”.

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