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19 de julio de 2023, 4:00 AM
19 de julio de 2023, 4:00 AM

Por Hernán Terrazas E., periodista

Si algo abunda en todas las ciudades y hasta en los pueblos más pequeños y remotos del país es una buena peluquería o, por lo menos, un peluquero o peluquera que, entre chisme y chisme, atiende con esmero a los lugareños.

Y es que un corte de cabello no es un lujo y mucho menos una costumbre que distinga a taras de karas. Es más, la moda en el corte ya no conoce de fronteras urbanas y rurales. Las imágenes de famosos y famosas llegan a todas partes y en todas partes quieren imitar al modelo.

Por eso, llama la atención que el vicepresidente David Choquehuanca, salga con el cuento de que los citadinos son más flojos que los campesinos, simplemente porque unos piden corte y lavado, y los otros solo corte o ni eso.

“Nos han dicho que los de la ciudad saben más que los del campo. Y nos han hecho creer que los de la ciudad saben más que nosotros. ¿Qué sabrán ellos? ¿Sabrán producir productos? ¿Sabrán hacer ropa? Algunos ni lavarse la cabeza saben, bien flojos siempre son. Vayan a ver al salón de belleza, pedicure, manicure; ellos no se cortan las uñas, otros les cortan las uñas. Ahí se están haciendo lavar su cabello, se hacen teñir. Bien flojos son. Nosotros, bien”.

Parece una burla que la segunda autoridad del Estado se ocupe de estas cosas, sobre todo cuando lo que le falta es precisamente “autoridad” en el tema, ya que, como se sabe, don David acostumbra a cortarse el cabello con el mismo estilista desde hace más de diez años, lo cual no lo hace ni más ni menos campesino, ni más ni menos flojo que el resto de los bolivianos.

El problema es que no se trata de un discurso inocente o de una metida de pata, ups…, sino de una narrativa que tiene el propósito de ahondar las diferencias y crear una tensión permanente entre bolivianos de diferentes orígenes y oficios.

Y eso es algo a lo que el vicepresidente está acostumbrado, desde los tiempos en los que aconsejaba sustituir la leche materna por coca o en que recomendaba leer más en las arrugas de los ancianos que en los libros, opciones obviamente respetables, pero polémicas si se las analiza con el sentido común.

Choquehuanca quiso ser siempre el filósofo del proceso de cambio. Sus discursos, cargados de metáforas y alusiones a las culturas ancestrales, procuraron aportar un eslabón identitario y diferenciador a la cadena de la “revolución”: más indigenismo que marxismo, más campo que ciudad.

Pero en su transitar ideológico, el vicepresidente no había pasado antes por la peluquería, un ámbito que, según se ve, no le es ajeno, porque menciona con naturalidad de conocedor del manicure, del pedicure y otras técnicas, como síntomas decadentes de una cultura urbana que no puede compararse a la supuestamente bucólica y natural cultura rural.

Los “otros” son malos simplemente porque no son como nosotros. “Nosotros” somos mejores porque nuestras costumbres son diferentes a las de los “otros”. Por lo tanto, ése es el sentido de esta lógica de confrontación, no hay un punto de encuentro entre el “nosotros” y los “otros”, ni posibilidad alguna de reconciliación, aunque en realidad unos y otros compartan a veces la misma peluquería o, por lo menos, el mismo corte.

Hay otras cosas más sensibles en juego, que no tienen que ver con la vanidad personal, como la democracia o la justicia por ejemplo, o el respeto a la diversidad, temas que no pueden estar sujetos a una interpretación urbana o rural, de indígenas, mestizos o blancos, sino como un paraguas compartido por todos.

El problema es llevar esta concepción diferenciadora, de la peluquería de don David a otros ámbitos, donde por supuesto que entraña más riesgos. Polarizar hasta en la peluquería no es lo más juicioso. No es una cuestión de corte o lavado, ni siquiera de pedicure y mucho menos de aseo personal, o de quién sabe hacer algo mejor que el otro.

Gobernar es gestionar los puntos de encuentro y no profundizar las diferencias para sacar ventaja política de ello. Al vicepresidente le vendría bien un lavado de ideas, un corte de malas intenciones y, por qué no, recomendar a algunos de sus compañeros de partido un manicure que los aleje de las tentaciones.

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