13 de julio de 2023, 4:00 AM
13 de julio de 2023, 4:00 AM


La jerarquización, la verticalidad política y la democracia representativa están devaluadas. De hecho, cayeron en el estropicio. Y lo hicieron porque hoy vale muchísimo más la política del TikTok. Del Instagram. Del Twitter. 

Los medios tradicionales son ahora rebotadores de esas plataformas y no encuentran la forma de retomar aquellos espacios que los hacía necesarios para ser ventanas de información. El gran público ya no los consume. No los mira. No los lee. No los escucha. 

Hemos pasado de la sociedad de lo sólido a una modernidad líquida donde lo pasajero, la sobreexposición y lo provisional se han convertido en buena medida en la regla que rige nuestras relaciones políticas, económicas, sociales y culturales.

Es la democracia del TikTok. Es el ejercicio de la política en TikTok. Es la llegada de la tiktocracia. Las redes sociales se han convertido en las nuevas cadenas de televisión y, además, a la carta. Veo lo que quiero y no lo que me imponen. Y lo veo las veces que quiera y lo viralizo con mi comunidad.

En 1999 -estamos hablando del siglo pasado- el sociólogo Zygmunt Bauman daba en el clavo cuando aseveraba que las realidades sólidas de nuestros abuelos y abuelas, como el trabajo para toda la vida o el entorno de amistades desde nuestra infancia, se habían diluido. Habíamos pasado a una modernidad líquida.

Aquel mundo de lo provisional, de lo sobreexpuesto, de lo pasajero. Donde hay estímulos grandísimos por doquier, pero en el que éstos terminan siendo, casi siempre, insignificantes, pasajeros y hasta anodinos.

Es el mundo del microrrelato. Del mensaje brevísimo del Twitter. Del video musicalizado del TikTok que enchancha a audiencias que detestan lo tradicional. Consumen irrefrenablemente plataformas donde los políticos son los nuevos responsables del espectáculo social. Son los nuevos faranduleros apañados por sus comunidades otarias, que los abrazan con sus likes y sus retuits y sus vistas masivas.

Se erigen como los nuevos referentes en minúsculo. En diminutivo. Ya no son los constructores de grandes discursos memorables o de frases inspiradoras. Ahora son los bailadores de algoritmos o los microgladiadores de causas varias y dispersas. Desde la defensa y venta de candidatos hasta la denuncia de actos de corrupción noveladas. La gente se engancha en fábulas encapsuladas de minuto y medio. La nueva realidad es fraccionada y altamente adictiva.

Pero lo más grave es que esta vida virtual está reconfigurando nuestra manera de pensar. De ver la realidad. Nuestro entorno inmediato. El desafío mayor que nos plantea es hasta qué punto está cambiando incluso nuestra propia libertad cognitiva. Es decir, de entendimiento como sociedad, como individuos, frente a esta abrumadora inmediatez y volatilidad de 90 segundos.

El contenido breve mantiene imparable su camino. Las plataformas digitales, para los expertos, compiten ofreciendo contenidos cortos de alta resolución, gran repertorio de sonido, interacción instantánea y multimodalidad total. El algoritmo ha secuestrado a los políticos y al ejercicio de la política. Vale muchísimo más un microvideo que una entrevista en una cadena de noticias.

Ya salió, incluso, YouTube Shorts (breves, en español), que no es otra cosa que contenidos cortos para competir con TikTok e Instagram en esta mohína informativa digital. Y para aquéllos que defienden la política tradicional, sería bueno recordarles que es tan anormal el santo como el diablo.

La era de las comunidades jerárquicas y tradicionales han iniciado su traspié farragoso. Ahora el consumo de data de toda índole es en cascada, de manera continua, con interacciones de valoración mínimas, casi sin filtros ni certezas de veracidad y sin agregar valor ni crearlo de manera colaborativa y participada. Es comunicación breve, sincopada, agitada, atropelladora y altamente viciosa. Una vez que te enganchas, no podrás dejar de hacer scroll una y otra vez, durante horas. Habrás caído en el vicio del microrrelato, vacuo y sin sentido.

Si no me cree, estoy absolutamente seguro de que ha seguido o está enganchado en la novela tiktokera de Mamen Saavedra o sigue de manera fiel a otro concejal, pelea social o denuncia virtual. Y nunca se preguntó si es o no verdadero. Si es o no falso. Si es o no fidedigno. Sólo le importa el chutazo de droga que le provoca el algoritmo en su mente. Lo demás, no tiene límites. Y tampoco le importa. Es la política el TikTok.

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