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10 de diciembre de 2023, 3:00 AM
10 de diciembre de 2023, 3:00 AM

Rolando Tellería A.

Los buenos gobernantes siempre procuraran y orientaran la política exterior de un Estado, buscando lo mejor para su país y sus habitantes.

No obstante de aquello, en la diplomacia de los Estados, existen siempre dos formas y dos estilos de diseño de política exterior. A partir de los cuales podríamos clasificar a los Estados en dos grupos. Por un lado, están los países que guían su política exterior de acuerdo con sus intereses. Se caracterizan por una diplomacia pragmática y realista.  Por el otro, los que definen su diplomacia y relaciones en función de afinidades ideológicas, incluso al margen de sus genuinos intereses.

La primera corriente, la diplomacia pragmática y realista, diseña su política exterior -en algunos casos incluso, las definen como políticas de Estado- de acuerdo a los intereses nacionales. Es la política exterior subordinada a los intereses del país. Esta corriente sigue los postulados de la Escuela Realista de las Relaciones Internacionales. Dicho sea de paso, de gran trascendencia en al ámbito académico y político.

Esta Escuela, parte de la idea de que, en la política internacional, todos los Estados ordenan sus acciones en estricto apego a sus intereses. Todos ellos trataran de obtener el mayor y mejor provecho posible en sus relaciones con el resto del mundo y con cada uno de los Estados.

Ahora, claro, cuando todos van en búsqueda de sus intereses, el conflicto es inevitable. De ahí que el escenario internacional es estructuralmente anárquico y caótico. Fundamentalmente, por la ausencia de una autoridad superior y reglas de juego vinculantes. No sucede lo mismo en el escenario local, pues ahí tenemos esa autoridad superior plasmada en el Estado; en el temido “Leviatán”.  En el escenario internacional, entonces, prima la ley de la selva, la ley del más fuerte. Por lo que, la guerra se hace inevitable, convirtiéndose en una constante. La guerra sería, como sostienen los “realistas”, una prolongación de la política.

Pues bien, cuando todo se guía por la máxima de los intereses, no es complicado discernir cuáles son tus amigos y quienes tus enemigos. No es raro, en consecuencia, que tus enemigos, de acuerdo con la dinámica de los intereses, se conviertan en tus mejores amigos, y viceversa. George Busch, ex presidente de los EEUU, resumía así, esta pragmática política exterior: “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”. La definición de alianzas y relaciones estratégicas, en gran medida, se guían por los cálculos y los intereses.

La segunda corriente de política exterior es contraria a los postulados del realismo político internacional; propugnan, más bien, una política exterior subordinada a la ideología. La ideología desplaza y reemplaza a los intereses. Las alianzas y relaciones estratégicas se definen en función de las posiciones ideológicas de los lideres y gobiernos de turno. Los alineamientos son de carácter ideológico. Como ejemplo, entre los Estados con políticas exteriores ideologizadas, tenemos a los que proclaman discursos “antimperialistas” y “anticolonialistas”. Estos Estados forman una suerte de “resistencia ideológica” con un entramado de alianzas antihegemónicas, como las que construyo Hugo Chaves en la primera década del presente siglo, en el auge del “socialismo del siglo XXI”.

Bolivia, en ese contexto, desde el 2006, adopto una política exterior guiada más por las preferencias ideológicas. Priorizo sus relaciones con Cuba, Venezuela, Nicaragua, China, Rusia e Irán. Esta política, altamente ideologizada, que se denominó “Diplomacia de los Pueblos”, promovió alineamientos con el ALBA, CELAC y UNASUR, cuando, de acuerdo a los intereses nacionales, la estratégica posición geográfica y objetivos comerciales, debió fortalecer sus relaciones con organizaciones como la ALADI, CAN y MERCOSUR.

Si hacemos un balance de esa política exterior ideologizada, los resultados, obviamente, son catastróficos. Vean ustedes, ¿qué beneficios trajo para el país, formar parte del ALBA y de la CELAC? Si comparamos con los beneficios que podría conllevar nuestro ingreso y adhesión plena al MERCOSUR; absolutamente ninguno.

Que beneficios logra Bolivia al estrechar sus vínculos con Rusia e Irán?  A lo mejor los beneficios son solo para los gobernantes de turno, pero nunca, en ningún caso, para el país.

La diplomacia del país, abandonando esa perniciosa política ideologizada, tendría que cambiar de rumbo hacia una política exterior más pragmática que nos asegure desarrollo, recuperación económica, seguridad, estabilidad y, sobre todo, una mejora de los ingresos y la calidad de vida de todos los bolivianos. En ese sentido, cabe saludar el ingreso pleno de Bolivia al MERCOSUR.


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