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La reconstrucción moral de la nación

Renzo Abruzzese 22/9/2020 05:00

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La certeza de que Evo Morales no estaba dispuesto a dejar el poder y sus prebendas nacían (desde hace años) no solo del sentido monárquico que había desarrollado, sino, además, del convencimiento de que estaba predestinado a manejar un país a su regalado gusto. 

En las fundamentaciones de esta predestinación esotérica, cualquier argumento servía, incluso aquellos como la famosa declaración de que la luna se ocultaría y el sol abandonaría su órbita si el pueblo le daba la espalda. Todo cuanto dijera tenía el aval de una aureola casi divina, aun si las curiosas aseveraciones contradijeran la razón humana de principio a fin.

La situación llegó al punto en que, si la razón no acompañaba sus justificaciones, el recurso era inventar un rosario de mentiras y medias verdades, o en su defecto, declarar sin el menor recato lo contrario de lo que hacían: se declaraban amantes de la independencia de poderes cuando los habían sometido grotescamente. 

Se declaraban adalides de la democracia cuando la hacían pedazos, decían respetar los DDHH cuando los violaban cada minuto, y, finalmente, se mostraban como verdaderos corsarios defendiendo la Constitución Política del Estado (esa que la aprobaron en un cuartel) mientras la pisoteaban inmisericordemente. Esta infinita secuencia terminó generando una anomalía sicológica que los masistas no han logrado superar: creen firmemente en sus propias mentiras.

Cuando el pueblo recuperó la democracia, el sobresalto no fue los suficientemente poderoso como para que produjera un espasmo de realidad en las filas del MAS. Hoy el régimen más corrupto de la historia de Bolivia pretende darnos lecciones de honestidad, de honradez y respeto a la ley. Un gobierno en que el listado de delitos registra desde un diputado que inventa pueblos para robarse el dinero de los campesinos, hasta pedófilos, violadores, ladronzuelos de poca monta, y narcovinculados financiando hordas de criminales a sueldo, francotiradores y terroristas.

Poco pueden hacer denuncias y protestas públicas como las que animan esta nota. El aparato comunicacional, y las redes aún vigentes del masismo son infinitamente superiores a cualquier criterio o argumento racional. Sin embargo, no todo está perdido, los ciudadanos tenemos un arma invencible con fecha de vencimiento: las urnas.

La única manera de derrotar este monstruoso aparato ideológico, que desdibuja la verdad de las cosas, es votando contra un eventual retorno del tirano. Esa es la única arma con la que nos dejó la dictadura y por ello, utilizar este recurso invalorable es de vida o muerte.

Quien puede enfrentar este monstruo de mil cabezas de forma eficiente es quien le ha probado al pueblo boliviano su rectitud y capacidad moral, porque la capacidad moral de candidatos como Carlos Mesa son el talón de Aquiles del MAS y la pesadilla de Morales. Pueden haber muchas opciones, y eventualmente muchas de ellas pueden ser muy buenas, pero no poseen la fortaleza ética y moral del candidato Mesa. La batalla no solo pasa por restituir la institucionalidad democrática, también pasa por restituir los valores de una moral social que el MAS pulverizó en 14 años de corrupción, inmoralidad y narcotráfico.

No es que ahora solo votamos por quien le haga frente al dictador, de esa talla hay más de un candidato, votaremos por quien tenemos la certeza de que ese candidato es capaz de ganarle al MAS y reconstruir una sociedad víctima de la más espantosa degeneración ética y moral, y esa posibilidad, en la contingencia de la actual coyuntura, solo la tiene Carlos Mesa. No hay en este artículo únicamente una declaración pública de mi apoyo a Mesa, hay también la angustia de quien ve que la división del voto es un acto suicida que la historia juzgará implacablemente.