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28 de noviembre de 2022, 7:00 AM
28 de noviembre de 2022, 7:00 AM

Con este título Moisés Naím ha publicado una sustanciosa monografía política. La tecnología, la demografía, la urbanización, la información, los cambios económicos y políticos, la globalización y los cambios de mentalidad se unieron para dividir y diluir el poder y hacer que este resultara más fácil de obtener, pero más difícil de ejercer y más fácil de perder. Quienes estaban decididos a obtener y ejercer un poder ilimitado desplegaron viejas y nuevas tácticas para protegerlo de las fuerzas que lo debilitaban y lo limitaban. El propósito de estas nuevas formas de conducta es detener el declive del poder y permitir reconstituirlo, concentrarlo y volver a ejercerlo sin restricciones.

El autor sostiene que lo que está en juego no puede ser más importante. No solo está en juego la posibilidad de que la democracia prospere en el siglo XXI, sino incluso su propia supervivencia como sistema de gobierno predominante, como configuración predeterminada de la aldea global. La supervivencia de la libertad no está garantizada. Y se pregunta ¿pueden sobrevivir las democracias a los ataques de unos aspirantes a autócratas empeñados en destruir los pesos y contrapesos que limitan su poder? ¿Cómo? ¿Por qué en algunos sitios el poder está concentrado mientras que, en otros, está dividiéndose y degradándose? Y lo más importante ¿qué futuro tiene la libertad?

El poder no suele cederse de forma voluntaria, y quiénes lo poseen tratan de contener y de rechazar los intentos de sus rivales por debilitarlos y sustituirlos. Los recién llegados que atacan a los que ocupan el poder suelen ser unos innovadores que no se limitan a cambiar de instrumentos, sino que se rigen por unas reglas de juego totalmente diferentes. Sus innovaciones políticas han transformado en profundidad la forma de conquistar y conservar el poder. En todo tipo de lugares y circunstancias, han demostrado que quieren un poder sin condiciones y para siempre.

Los aspirantes a autócratas tienen opciones nuevas y herramientas distintas que pueden utilizar para reclamar un poder ilimitado. Muchas son herramientas que no existían hace tan solo unos años. Otras son muy antiguas, pero ahora se combinan con las nuevas tecnologías y con las tendencias sociales, y acaban siendo mucho más poderosas que nunca.

Esta es la razón de que durante los últimos años haya triunfado una nueva casta de políticos ávidos de poder: líderes nada convencionales que vieron el declive del poder tradicional y comprendieron que una estrategia radicalmente nueva podía ofrecer oportunidades hasta ahora inexploradas.  Estos nuevos liderazgos surgen en todo el mundo, tanto en los países más ricos como en los más pobres, en lo que poseen instituciones más complejas y en los más atrasados.

Los nuevos autócratas han sido los primeros en utilizar técnicas innovadoras para hacerse con un poder ilimitado y conservarlo el mayor tiempo posible. Su principal objetivo, no siempre alcanzable, pero por el que siempre luchan con ahínco, es el poder para toda la vida. Sus triunfos, además, provocan que otros se atrevan a intentar emularlos. A pesar de las enormes diferencias nacionales, culturales, institucionales e ideológicas en los países en los que estos líderes se han hecho con el poder, sus estrategias son increíblemente similares. Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, y Andrés Manuel López Obrados, presidente de México, no pueden ser más distintos desde el punto de vista ideológico, ni más parecidos en su forma de gobernar. Nayib Bukele y Donald Trump se guiaban por unas reglas iguales a la hora de gobernar. 

Todos estos líderes tienen en común que llegan al poder mediante unas elecciones razonablemente democráticas y luego se proponen desmantelar los contrapesos a su poder ejecutivo mediante el populismo, la polarización y la posverdad. Al mismo tiempo que consolidan su poder, ocultan su plan autocrático detrás de un muro de secretismo, confusión burocrática, subterfugios seudolegales, manipulación de la opinión pública y represión a los críticos y adversarios. Y lo peor, cuando la máscara cae, ya es demasiado tarde. ¿Cómo lo hacen? Recurriendo al populismo, a la polarización y a la posverdad.

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