18 de julio de 2022, 4:00 AM
18 de julio de 2022, 4:00 AM


Iniciemos señalando que el tipo de cambio no es otra cosa que el precio de la moneda local pagado con cualquier divisa extranjera, en otras palabras, cuánto estamos dispuestos a pagar por 1 Bs en euros, dólares americanos o yuanes de China. Como no se trata del precio de cualquier bien o servicios, este valor de la moneda se regula a través de la autoridad monetaria del país, el Banco Central, que determina el tipo de cambio de la moneda local y además controla su disponibilidad en el sistema financiero.

Conforme a la teoría macroeconómica, el volumen o cantidad de dinero en la economía, técnicamente denominado “masa monetaria”, está -en gran parte- en función de los bienes y servicios producidos en un país, pues en teoría ese dinero circulando sirve para transar dichos bienes entre los oferentes y demandantes del mercado, incluyendo los productos que se importan y exportan, es por esto que hay una directa relación entre la producción y la cantidad de dinero que deberíamos poseer. Como lo pragmático nos obliga a ser didácticos en el entender de los ciudadanos, debemos decir que, al igual que en una familia, no podríamos tener más dinero de lo que somos capaces de producir (trabajar), de forma licita y honesta.

En este primer semestre de 2022 hemos sido testigos de dos fenómenos económicos muy complejos para las economías de los países, la inflación a nivel global de los precios de alimentos, combustibles, transporte y otros, sumado a la devaluación de las monedas de países en desarrollo y países menos avanzados.

Según reportes del Banco Mundial, más del 90% de los países de bajos ingresos ya soportan una subida de los precios de alimentos de hasta dos dígitos (mayor al 10%), mientras que más del 80% de los países en desarrollo tienen un incremento mayor al 5% en los productos alimenticios y en combustibles.

Por su parte la devaluación acumulada de las monedas en América Latina en promedio ya supera el 5%, jalado por la caída del peso argentino en el mercado paralelo del 6,23%; Colombia hasta la semana pasada registró una caída del peso del 5%; el peso chileno cayó 2%, mientras que el real de Brasil se mantiene casi invariable desde inicios de año después de haberse depreciado poco más del 7% durante el 2021, según informes de Bloomberg.

Por su parte, en Bolivia, que pareciera una isla en el centro de Sudamérica, la inflación acumulada a junio apenas llega al 0,4%, mientras el IPC correspondiente a los alimentos y bebidas no alcohólicas marca una inflación acumulada a junio del 2,31%. Por su parte la devaluación del boliviano en los últimos 11 años es cero, manteniéndose el tipo de cambio fijo en 6,96 Bs x dólar desde el año 2011.

Una inflación baja y una devaluación nula tienen su mérito en el manejo de la política monetaria y fiscal durante los últimos ocho años de crisis que venimos arrastrando desde el 2014, cuando se revirtieron los precios de los commodities agrícolas, minerales y el gas natural. La política centrada en el gasto e inversión pública sumado al incremento del consumo interno han sido un dique frente a las correntosas crisis, pero no son sostenibles en el mediano y largo plazo, el blindaje del que nos hablaron es ahora permeable desde todos los frentes, generando cada vez más deuda, reduciendo las reservas internacionales y debilitando al sector formal.

La recuperación del PIB el 2021 no fue suficiente para restaurar la economía de la caída de la producción el año de la pandemia y este año el país confronta serias dificultades al concluir el primer semestre, con mucha inestabilidad política, bloqueos permanentes, escasez de materias primas no producidas, como el caso del trigo y el maíz, al igual que la falta de diésel en las áreas rurales, donde el abastecimiento a cargo de especuladores es a precios tres veces mayores al precio oficial. Con todas estas dificultades es casi improbable sostener estabilidad económica y crecer en producción.

Ahora bien, ¿con todas estas vicisitudes globales y locales, ¿cómo es posible sostener el tipo de cambio y tener una baja inflación? En mi modesto y probable mal entender, dos son las razones que contribuyen en estos propósitos: la coca-cocaína y el contrabando. Se estima que el negocio de la coca que se cultiva en 29.000 hectáreas con una producción total estimada promedio anual de 45.000 toneladas tiene un valor de 560 millones de dólares a un precio de 12.500 $us x tonelada (según Informe de la Oficina de la Unodc, julio 2020).

Esto convierte a la coca en el cultivo “rey” de la agricultura boliviana, por debajo del principal cultivo agrícola en extensión que es la soya. Solo destinando el 50% de la producción de hoja de coca al narcotráfico se llegaría a producir más de 157.000 kg anuales de clorhidrato de cocaína a un valor de mercado de 2.500 $us/kg se tendría que este negocio representa un ingreso de 390 millones de dólares año.

Por su parte, el contrabando genera un negocio que se estima en 2.000 millones de dólares a través del cual se lava el dinero del narcotráfico, la corrupción y la informalidad y se incentiva con un dólar artificialmente bajo, lo que a su vez mantiene baja la inflación, con productos baratos que no pagan impuestos matando la producción y el empleo formal.

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