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10 de mayo de 2022, 4:00 AM
10 de mayo de 2022, 4:00 AM

Ante el retorno gradual a clases presenciales en las universidades, es importante destacar la idea que fuertemente emergió e intentó posicionarse de manera significativa en la mente de la comunidad educativa: “la virtualidad llegó para quedarse”.  Se trata de un fenómeno de transformación estructural de las organizaciones, que viene sucediendo antes de la pandemia y potenciando una tendencia progresista: ¡también en la mejora de la calidad educativa!

De la indeseada crisis sanitaria, se rescata la sentida presión de afrontar el cambio que tarde o temprano llegaría, para incursionar en el eficaz y eficiente modelo vanguardista de “educación conectivista”. La necesidad de evolución inmediata apresuró la concepción e implementación de estrategias, inversiones y esfuerzos, institucionales e individuales para gestionar la migración a un nuevo paradigma, con cultura, conocimientos, prácticas, actitudes, valores y medios acordes al requerimiento de una nueva realidad, modificada profundamente por el notable avance tecnológico, disponible para mejorar la calidad de vida de la gente. 

 

En ese sentido, volver a la presencialidad no implica retomar la forma de trabajo convencional. Más bien se debe afianzar el “blended learning”, es decir la experiencia educativa donde la combinación de vivencias presenciales y virtuales, apalanque significativamente la calidad de aprendizaje, a través de las ventajas que proporciona el buen uso de la tecnología, como “herramienta” para optimizar el logro de competencias integrales, necesarias para los desafíos del Siglo XXI.

Definitivamente, el apoyo de la tecnología permite maximizar la calidad del servicio, minimizar gastos, esfuerzo, tiempo y estrés en cualquier tipo de organización, sin que la Universidad y sus funciones sustantivas sean la excepción.   Por supuesto que la condición mínima es conectividad de calidad, pues sería frustrante para el docente que luego de haber invertido en capacitación y creación de toda una plataforma digital interactiva, como medio de su propuesta pedagógica, no pueda utilizar la producción innovadora de procesos didácticos y recursos actualizados, por deficiencias de acceso a la red.  La universidad al ser por excelencia, la institución del conocimiento científico dentro de la sociedad, debe mínimamente disponer de internet como servicio básico. 

Dada la exigencia actual, la vara es más alta. Si en estos años, el docente enfrentó el reto de adquirir competencias digitales, ahora debe mejorarlas de forma continua para manejarlas al mismo tiempo con las competencias de presencialidad.  La tendencia es trabajar con estudiantes en el ambiente físico y en la nube de manera simultánea, ambos con los mismos derechos de recibir un servicio de calidad. 

El desafío es configurar un escenario educativo, tal cual sucede en la vida real, más amplio en cuanto a oportunidades colaborativas, de participación e inclusión, mismo que no se encuentra acotado por limitaciones geográficas. Las universidades que estén a la altura de apostar por la transformación digital, invirtiendo de manera visionaria en infraestructura tecnológica y talento humano que presta servicios combinando presencialidad y virtualidad, de forma sincrónica y asincrónica, multiplicarán su potencialidad de crecimiento y expansión, a costos unitarios más bajos, dado el incremento de su demanda.

En cambio, si las instituciones retoman prácticas parecidas al pasado, las brechas de calidad se acentuarán con mayor profundidad, perdiendo matrícula e incrementando sus costos.  La oferta de mercado mejorará en cuanto a calidad y precios, un ejemplo es el Posgrado, donde oferta y demanda se multiplicaron de manera amplia, ya que dicho mercado no tiene frontera territorial.  Entonces, sigue el turno de la educación de Grado o Licenciatura, escenario que implicará oportunidades para las mejores instituciones, aquellas proactivas al cambio; pero una amenaza que asfixiará a las que se anclen en el ayer y se resistan a aceptar que “la virtualidad llegó para quedarse”. ¡Ello no había sido un simple slogan de moda pasajera!

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